Dijo Silver Kane: «No me gustó nunca el estilo literario de Marcial Lafuente Estefanía, por demasiado directo y elemental, pero siempre fuimos buenos amigos, pese a la diferencia de edad. Era un hombre generoso que llegó a ganar mucho dinero, pero nunca tuvo nada suyo. Un día me dijo: “Amigo mío no te tomes las cosas demasiado en serio. Al fin y al cabo, la vida puede depender de una mujer que pasa.”». Cuando Estefanía falleció Silver Kane escribió un sentido artículo en el Diario “La Vanguardia” de Barcelona. Aquí presentamos la biografía de Marcial Lafuente Estefanía con las palabras de Silver Kane incluidas.

 

Un ingeniero a quién la guerra obligó a escribir

El público, en general, siempre ha tenido de Marcial Lafuente Estefanía una idea muy falsa. Por el hecho de que su estilo literario — del que luego hablaré — era muy elemental e innegablemente primario, se tenía la idea de que era un hombre de una cultura también elemental y primaria. Nada tan inexacto. Marcial Lafuente Estefanía, había nacido en Toledo en el año 1903. Creció en una familia de elevado nivel cultural. Su padre, Federico Lafuente, abogado, periodista y escritor llegó a ser magistrado del Tribunal Supremo. En este ambiente disfrutó de una esmerada educación durante su infancia y juventud, cursando estudios y graduándose finalmente como ingeniero de caminos, canales y puertos, y realizó obras hidráulicas en Angola y creo que también en Norteamérica. De 1928 a 1931 tuvo ocasión de recorrer los Estados Unidos, especialmente California, Arizona, Nuevo México y Texas, adquiriendo un profundo conocimiento de este país, del que le inquietó profundamente el genocidio practicado contra los indios y la discriminación racial. Eran años jóvenes, de febril actividad, en los que jamás pensó que un día habría de dedicarse al cultivo de la literatura popular. Claro que tampoco pensó, seguramente, que llegaría un día conocido como 18 de julio de 1936. El principio de la guerra le sorprendió en zona republicana, zona que además correspondía a sus ideas y su forma de pensar. Como experto en matemáticas pronto se integró en el Ejército Popular, en Artillería, y tengo noticias de que llegó a mandar una brigada, es decir, llegó a general republicano en el frente de Toledo.Tuvo la posibilidad de huir, pero prefirió quedarse en España e ir a la cárcel, lo que de hecho estuvo a punto de costarle la vida. De todos modos, a él no le gustaba hablar de esa época, como tampoco le gustaba explicar que se salvó del pelotón de ejecución gracias a una prostituta. Pero un día me lo contó.

A Estefanía lo hicieron prisionero, y con esa rapidez expeditiva de las cosas sin sentido, el oficial decidió pasar por las armas uno a uno a varios prisioneros republicanos, y cuando le correspondía a Estefanía la última pose ante el paredón, una de aquellas extrañas prostitutas de guerra se acercó al oficial y le dijo: “Hala, vamos a hacer una dormida. A esos otros déjalos para mañana”. El individuo accedió, y al día siguiente la llegada de un jefe de más graduación — y mucho más sentido común — les libró a todos de la muerte. Estefanía me comentaba: “Y pensar que a aquella mujer no pude darle las gracias…”. El final de la guerra, como a tantos otros, le dejó tres únicos patrimonios: sus deudas, su expulsión del trabajo y sus ilusiones muertas. Fue entonces cuando con algunos de sus amigos convertidos en “españoles sobrantes”, empezó a realizar aquella tarea en la que no había pensado nunca: escribir novelas de aventuras. Y Estefanía pudo matar sobre papel a tiranos y caciques, a agiotistas y traidores,

Don Antonio paseando por Madrid con sus hijos Federico y Francisco

imponiendo una especie de justicia histórica que la historia no le daba. Era su pequeña venganza de hombre solo, al que nadie quería conocer. Era la supervivencia del vencido. Y tuvo éxito. Según sus palabras, se inició como escritor en 1939 cuando estaba recluido en la prisión de Ocaña, en Castilla, como forma de matar el tiempo (en trozos de papel que conseguía de cualquier manera y ante la carencia de papel, sobre rollos de papel higiénico). En la cárcel coincidió con el renombrado escritor Enrique Jardiel Poncela que le dio un consejo «No escribas cosas serias, escribe en broma para que la gente se entretenga, es la única forma de ganar dinero con esto »  Y así fue, escribió para entretener a la gente con su estilo particular. Teniendo en cuenta estos consejos creó  “La mascota de la pradera” (del oeste), ”Todo un hombre” y PX21 (de aventuras), además de “La reina de Yale” de corte romántico. Al salir de prisión las envió a una editorial madrileña y para su sorpresa el editor con palabras de entusiasmo le solicitó que escribiera más novelas del oeste, Pero se fue a vivir a Galicia.Huyendo de Madrid con ayuda del antiguo confesor de su abuelo, que oficiaba los servicios en la iglesia viguesa de las Carmelitas se trasladó a El Ferrol donde tenía unos amigos y en 1941 se instaló en Vigo: Llegó sin nada, pero era un erudito y pronto contactó con los círculos intelectuales de los años 40, que se movían por el Derby o por O Elixio

Un par de años después de su llegada a Vigo  conoce a Eugenio Barrientos de la librería Tetilla

El librero Eugenio Barrientos fundó la editorial Cíes en los años 40 y fichó a las firmas más populares del momento; fue Barrientos quién que le dio oportunidad a Estefanía de publicar novelas en forma continua.

Fue en Vigo en 1943, donde Estefanía publicó “El crimen perfecto” de género policíaco firmada con el seudónimo de Dan Lewis. También publicó novelas de amor, en la colección “Princesita” de la misma editorial Cíes, firmadas con el nombre de su esposa María Luisa Beorlegui. Tal vez en este hecho resida el origen del rumor que se extendió años más tarde cuando ya era famosa la firma M. L. Estefanía: La gente pensaba que se trataba de un ama de casa asturiana llamada María Luisa.La primera del oeste publicada, La mascota de la pradera (1943), le permitió encontrar una temática propia, con una voz reconocible.

En una España empobrecida y sin papel, consiguió vender varios millones de libros. A finales de los 50, la editorial desapareció ante la presión de Bruguera.

Estefanía ya se había convertido en el autor que más vendía, y Bruguera, que ya era una potencia editorial, le contrató. La familia Estefanía que residió en la ciudad viguesa hasta 1952, regresó a  vivir a Madrid.

Fue entonces cuando le conocí, entre otras cosas porque yo llevaba la asesoría jurídica de aquella empresa y estaban a mi cargo los contratos. Estefanía era un hombre vital y desbordante, alegre y generoso, amigo de tertulias y juegos de naipes, que ganaba el dinero con facilidad – y lo gastaba con facilidad — porque escribía a un ritmo de seis folios por hora.

«Vi muy claro que las películas del oeste gustan porque tienen acción de modo que quise hacer novelas que la tuvieran, pero sin intentar cantar el Oeste, porque eso después de haberlo hecho Zane Grey, que además era poeta, no iba a dar buenos resultados. Por otra parte disponía de ciento veintiséis páginas (que luego en virtud del precio del papel se redujeron a noventa y seis) espacio en el que uno no se puede andar con narraciones, porque si lo haces, cuando quieres mover los personajes te encuentras con que ya se te han terminado los ochenta folios»

Don Antonio con sus nietas en época de vacaciones en Galicia

Con su estilo llano, directo, sin la menor complicación estilística, sin ahondamientos sicológicos y reduciendo a la mínima expresión cualquier referencia al paisaje, su relato sumerge al lector desde la primera página en su objetivo esencial: la acción, el ritmo trepidante que imprime a su narrativa, que hace difícil, por no decir imposible, abandonar la  lectura. Como literatura de evasión logró, desde el primer momento, conectar con un amplio público, donde cuenta con millones de lectores adictos.

Su estilo resultaba — ya lo he dicho — elemental y primario. Y no era que no supiese hacerlo mejor. Sabía. Pero él estaba convencido de que la gente no quería descripciones de paisajes ni complicaciones psicológicas, de que la gente buscaba rapidez y acción. Acertó plenamente, porque tenía tantos lectores en 1943 como tiene hoy, es decir lo han leído los abuelos y los nietos. Un milagro. Y aunque muchos han querido imitarle con el clásico “esto lo hago yo”, nadie lo ha conseguido. Algún secreto debe tener su literatura, secreto que para mí está en una enorme capacidad de síntesis y en el constante sacrificio de pensar en el lector y no en sí mismo, carecía de pretensiones, se burlaba de sí mismo y cuando se enfadaba contigo te invitaba a un whisky. Un gran tipo.

He dicho ya que gastaba el dinero con facilidad. En realidad casi nunca iba boyante, pese a lo que ganaba, pero ello se debía a que jamás decía que no. Era el patriarca de una numerosa familia, a la que mantenía con largueza; y no creo que en sí mismo llegara a gastar gran cosa;solo la compra de una casa en el lugar que más amó, Arenas de San Pedro, en la falda de la sierra de Gredos abulense.

Marcial se pasaba el día escribiendo. Se levantaba a eso de las cuatro de la mañana y escribía hasta la hora del aperitivo. Después de comer, aún trabajaba un rato.

Con más de 3.000 títulos diferentes, y cincuenta millones de ejemplares vendidos, las novelas de Marcial L. Estefanía constituyen todo un fenómeno editorial con tiradas de hasta cien mil ejemplares allá por los 60. Forman parte además de la memoria colectiva para más de una generación, las novelas del oeste fueron algo más que un género menor, pues en muchos casos era su única aproximación a la lectura como forma de entretenimiento

Resulta difícil saber si esa vida de artesano, jamás reconocido, le era totalmente satisfactoria. Su familia asegura que nunca dio la sensación de importarle el menosprecio hacia su trabajo por parte del mundillo literario, la falta total de reconocimientos a nivel de las iluminadas elites culturizantes. Pero lo cierto es que intentó publicar sin éxito una novela seria, El maleficio de Toledo, fruto de sus notables conocimientos históricos sobre su ciudad natal. Y se dice –aunque entre tantas novelitas sea complicado demostrarlo– que tomó algunos de los argumentos de sus westerns de las obras del Siglo de Oro español, que conocía bien; su padre, por ejemplo, había escrito un Romancero del Quijote.

En los últimos tiempos sus hijos escribían con él, en un gran clan literario que continuó aun sin el fundador.

Federico Lafuente Beorlegui también es Marcial Lafuente Estefanía desde que publicó su primera novela del oeste en 1960.

Relata Federico Lafuente que todo comenzó en unas vacaciones en Vigo y por una apuesta con el amigo íntimo de su padre Pastor Rodríguez, quién le apostó una cena de que no sería capaz escribir una novela del oeste como su progenitor. Con esfuerzo la terminó y se la dió a su padre para pedirle su opinión. Don Antonio no respondió durante semanas, hasta que un buen día le entregó a Federico la novela, ya publicada y firmada por Estefanía. Se trataba de “Diez muertos por un rancho” publicada en el número 197 de la colección California en Julio de 1960. «Mi padre me dijo: ‘¿Para qué hacernos la competencia, si podemos ganar más dinero juntos?’. Y así comenzó nuestra colaboración».

Los hijos se integraron por completo en la labor emprendida por su padre. La tarea llegó a ser tan estrecha que, años después, los propios autores no conseguían ponerse de acuerdo sobre quién había escrito cada novela. «Buscábamos en la libreta de personajes en las que íbamos añadiendo las historias que le ocurrían a nuestras creaciones, para ver quién había añadido qué». La confusión ante tantos libritos se hacía especialmente delicada en lo referente a los títulos. «Casi, casi, lo más difícil era encontrar un buen título, y que no lo hubiéramos usado ya». El asunto de los títulos dio incluso lugar a algunas anécdotas tan curiosas como la que se produjo un verano, cuando toda la familia veraneaba en Galicia. «Nos llegó una carta urgente de Bruguera. Era una portada, con su ilustración y un título, que habían impreso ya. Nos pedían con urgencia el texto para rellenar las tripas. Mi padre me dijo que ésa me tocaba a mí. Me la escribí en 24 horas sin parar, sin dormir. Jamás repetiría algo así», recuerda Federico.

Marcial Lafuente Estefanía falleció 7 de agosto de 1984 a consecuencia de una pulmonía doble, que venía padeciendo desde hacía semanas, en el hospital provincial de Madrid, a los 81 años, dejando recuerdo entre cuantos le conocieron de persona entrañable y querida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este artículo fue compilado por el responsable de este blog utilizando material de diarios, revistas y otras publicaciones de la época. La foto de González Ledesma con Estefanía en Bruguera pertenece al libro ” La novela popular en España” de autores varios publicadapor Ediciones Robel en el año 2.000. Si el contenido de este artículo dañara los intreses de alguién ruego me lo hagan saber para ser inmediatamente retirado.