Novela popular y la censura franquista (1ª parte)

 

 

El triunfo franquista en la Guerra Civil no supuso el fin de la censura bélica, practicada con similar fervor en ambos bandos. O para ser más exacto, se pasó de una censura militar a otra cívica, ideológica y religiosa, so pretexto de salvaguardar la fe católica, impartir buenas normas de convivencia y desterrar barbaridades como la recientemente vivida. En el fondo fue un vehículo más de control para el régimen, una mordaza a voces disidentes y altavoz al servicio del Movimiento, Falange y el clero.

Durante casi cuarenta años lo dominó todo. Prensa, radio, hojas parroquiales, televisión cuando la hubo… Desde críticas taurinas hasta ecos sociales, desde esquelas a reseñas futbolísticas, sin olvidar los teletipos de agencia, viñetas humorísticas, cuentos infantiles o tebeos, todo pasaba censura. Y en ese todo entraban también las entrevistas radiofónicas en imaginario y por demás ficticio “directo”. La novela popular no constituyó excepción. Sus autores y editores también debieron plegarse a sus dictados, con especial riesgo para los primeros hasta despuntar los años 50, pues podían perder su cupo de papel en tiempos de cicatero racionamiento, y una nube de temor envolviendo a los segundos, ante la perspectiva de no ver su trabajo en los kioscos.

De ella ha quedado, sobre todo, un amplísimo y jugoso anecdotario. Y como sólo a través de sus disparates se calibrará mejor la auténtica y estrafalaria dimensión del fenómeno, bueno será dedicarles unos párrafos, aún sin perder de vista los daños causados a la cartera de muchos empresarios y el cerebro de dos generaciones.

Se impedía aludir a las subidas de precios; los presos no se fugaban; ningún medio podía hacerse eco de accidentes ferroviarios, aún cuando se hubieran producido numerosos fallecimientos; Cuelgamuros quedó proscrito, a favor de El Valle de los Caídos o la Santa Cruz del Valle…

Cuando la Gran Vía madrileña era Avenida de José Antonio y se impedía representar

una zarzuela, cuyo título no respetaba la nomenclatura de los nuevos tiempos.

 

A la brillante articulista Josefina Carabias le suprimieron de una columna la palabra “braga”, por inmoral. Otra palabra prohibida era “carnaval”, pero como la celebración continuaba llevándose a cabo con gran fervor popular en localidades tan inconexas como Cádiz, Tolosa o Santa Cruz de Tenerife, la prensa halló un cómodo sucedáneo con “carnestolendas”. Cierto intérprete de las normas, sin dos dedos de frente, puso serios impedimentos a la publicidad de una compañía zarzuelera que anunciaba “Agua, azucarillos y aguardiente” y “La Gran Vía”, porque “después del Glorioso Alzamiento, la Gran Vía se llamaba Avenida de José Antonio”. Tampoco carece de desperdicio el testimonio recogido por Juan Ignacio Luca de Tena en sus memorias periodísticas “Mis amigos muertos”. El diario “ABC” no pudo referirse a “la vieja España de Alfonso X El Sabio”, porque al triste funcionario encargado de revisar las galeradas se le antojó “propaganda monárquica”. A Fernando Vizcaíno Casas también le “retocaron” una entrevista mantenida para el semanario “Triunfo” con el productor cinematográfico Cesáreo González. Al retratar el despacho del gallego escribió: “Tiene en la pared una fotografía del Caudillo con una dedicatoria que dice: Al entusiasta productor Cesáreo González, que tanto ha hecho por el cine español”. Se censuró precisamente la dedicatoria, con lo que el abogado y escritor valenciano sacó punta a su humor socarrón, afirmando que aquel individuo se atrevía a censurar al mismísimo Franco.

 

 

 

 

La Gran Vía de Madrid se llamaba Avenida de José Antonio cuando fue tomada esta foto. Al despliegue de banderas nazis se unieron vítores a Musolini, Alemania, y los ejércitos del Eje. Puestos a prohibir, ¿por qué ensañarse con una modesta compañía de zarzuela?. La purga bien pudo haber sido tragada por otros. 

 

Igualmente movería a hilaridad la esperpéntica suspicacia del censor con quien tropezase Francisco González Ledesma, mucho antes de soñar con el Premio Planeta. Lo haría, de no haber forzado un larguísimo paréntesis en su carrera literaria “seria”. Acababan de otorgarle el Premio Internacional de Novela cuando aún no había cumplido las 25 primaveras, y según sus propias palabras se las prometía muy felices: “Era un galardón prestigioso, con nada menos que Sumerset Maugham presidiendo el jurado. Me creía un hombrecito, desconocedor aún de que hacerse hombre no es tarea fácil. La censura se encargó de enseñármelo, al prohibir la publicación por obra roja y pornógrafa. Roja puede, pensé. Al fin y al cabo me había criado en el Poble Sec, entonces enclave obrero, muy reivindicativo. ¿Pero pornógrafa?. Cuando pedí cuentas al censor, me señaló una página: Mire, aquí dice que el chico pone una mano en la rodilla de ella. Bueno, así es -aduje-; no me parece algo tan grave. Y él contraatacó de inmediato: Pudiera no serlo, pero es que del texto se desprende la intención de subir esa mano”.

Luis García Berlanga, otro referente del celuloide hispano, también fue testigo de un solemne dislate mientras rodaba una de sus películas. “Me pusieron una especie de censor espiritual, Grau creo que se apellidaba. Como debíamos pasar muchas horas juntos, un día va y me dice: Si usted cree que soy un retrógrado, uno de esos que van con el trabuco bajo el brazo, se equivoca. Aquí, donde me ve, he sido uno de los curas más modernos de España, uno de los más perseguidos por la jerarquía católica. Aquí, donde me ve, he pasado años dificilísimos. Él insistía en su aquí donde me ve, pero no lo aclaraba. Hasta que por fin me confiesa: Aquí donde me ve, señor Berlanga, fui el primer sacerdote español en llevar reloj de pulsera”.

Aquel sacerdote pudiera no constituir excepción. Y es que cuando ciertos mitrados de la Iglesia decidían blandir brocha o tijeras, había motivos para echarse a temblar. Sucedió con Monseñor Pildáin, ultramontano del sexo donde los haya, a raíz de que el Frente de Juventudes construyera en Las Palmas de Gran Canaria el Estadio de la Juventud. Para engrandecerlo, se habían colocado varias estatuas de atletas, reproducción de esculturas clásicas, como el Discóbolo. Aquel obispo, entendiendo gravemente atentatoria contra la moral semejante exhibición, exigió la retirada de las mismas, o en su defecto que se las vistiera. Su protesta llegó hasta el Consejo de Ministros, sirviéndose del entonces ministro de Educación, Joaquín Ruiz Giménez, según habría de atestiguar el delegado nacional del Frente de Juventudes, José Antonio Elola Olaso. Gracias al propio Elola también sabemos que luego de una demostración del Frente de Juventudes en Toledo, el cardenal Plá y Daniel manifestó su disgusto porque el pantalón corto de “flechas” y “cadetes” podía excitar a las chicas adolescentes.

La censura incurrió en más barbaridades y esperpentos. Sirvan los siguientes párrafos, con subrayado sobre cuanto tachó el lápiz rojo, como aleatorio cajón de sastre.

*- En un artículo sobre la mujer:

“En ocasiones, y aunque los médicos opinen lo contrario, lo mejor para el pecho no es un jarabe, sino un sostén

*- Declaraciones de Perico Chicote, el más popular de los barmen españoles, acerca del bigote:

“A las mujeres tampoco les hace gracia, pues siempre las he oído decir que al besar parece que besan a un cepillo”

*- En otro reportaje sobre el astrónomo Gabril Tikov:

“Una noticia de Londres señala un importante descubrimiento (…). Su observatorio es uno de los mayores de la URSS: el de Pulkovo, cerca de Leningrado (…). Las conclusiones del astrónomo ruso van a editarse en un libro que se publicará bajo los auspicios de la Academia de Ciencias de Kazakstán.

Soberbio ejercicio de falsear la realidad este último, sin añadir ninguna mentira. Basta releerlo omitiendo el subrayado para  advertirlo. Puesto que la noticia provenía de Inglaterra, efectuadas las correspondientes podas su protagonista acababa pasando por británico. Ingenio digno de mejor causa.

Con tanta tachadura y tijeretazo, ¿cómo no iba a suponer el espectador de 1948 que Rita Hayworth iniciaba un striptease en “Gilda”, al quitarse el guante?.

 

El baile de Rita Hayworth en “Gilda”, al despojarse de un guante, hizo que todos los varones de España pensasen se les había escamoteado un “striptease”. La censura, con su obsesión enfermiza por desterrar pecados, había convertido a los españoles en malpensados obsesivos.

 

Pero es que hubo más. Y a veces sin que mediara una línea coherente, continuista y hasta racional, entendida dicha racionalidad como observación pura de las normas imperantes. Esos vaivenes, repliegues aparentes e inusitados apretones a la mordaza de los españoles, no servían sino para volver locos a directores de prensa y emisoras de radio, para sembrar el desconcierto entre los autores y generar la impresión, por lo demás harto justificada, de que el aparato censor actuaba como una suma de individualidades tirando cada cual por su cuenta, hacia todas las direcciones imaginables.

Pese a tanto despropósito, la censura resultó blanda para no pocos devotos del régimen. El Padre Félix García se expresaba de este modo en una de sus críticas literarias aparecidas en “Ecclesia”: “No se trata de restablecer la Inquisición -aunque no estaría mal, para poner muchas cosas en su punto-, ni de abatir cimas líricas o vuelos universales por el campo sin fronteras de todos los saberes. Se trata, sencillamente, de apuntar unas observaciones que quizá puedan servir de voz de alerta para las gentes de buena fe”.

Todo este alarde, para acabar arremetiendo contra el humorismo de Jardiel Poncela, reducido, según el Padre García, a pura sal gorda.

 

 

 

 

 

 

La brillante articulista Josefina Carabias, cuya pluma ni remotamente constituía un peligro para el régimen, fue víctima de tachaduras por sus “excesos inmorales”.

 

tros Ciertos censores la tomaron contra literatos de tronío. Algunos eran sacerdotes. Otros antiguos militares. En el fondo soldados de disciplinados ejércitos, resueltos a defender su razón, sable en ristre o a golpes de crucifijo. Y por cuanto a la Literatura con mayúsculas se refiere, arrearon sin disimulos.

Dio fe de ello Daniel Verdú, al espigar para “El País” entre los informes de censura almacenados en el Archivo General de la Administración, sito en Alcalá de Henares. Unas cuantas cuartillas amarillentas, firmadas no con nombre y apellido, sino enmascaradas tras un número, podrían situar muy bien a sus redactores, por su intolerancia y ausencia de sentido crítico, en las catacumbas más lóbregas.

El poeta Jaime Gil de Biedma fue un auténtico apestado para el aparato. Consecuentemente, así se expresó el lector designado para pasar censura a su “Diario de un artista seriamente enfermo”: “El libro es anodino, vacío y sin interés, con ninguna religión, casi ninguna política y una grosería inigualable en la cuestión del sexo. Estas porquerías están proliferando tanto en la literatura actual, que ya no llaman la atención ni siquiera en un libro que pretende ser espiritual”. Pese a tanto desdén, efectuadas las tachaduras de rigor, rehecha alguna frase, el título sería autorizado en 1974.

Tampoco causó mejor impresión a su censor (embozado como Don 29), “Esta cara de la luna” de Juan Marsé: “Los de siempre es domingo, boites, planes, clubs, meretrices, infidelidades, queja y crítica de todo. La novela tiene bastante bilis política. El autor parece ser de aquellos pseudointelectuales que cuando salen al extranjero leen y ven marranadas y puerquean con mujeres fáciles”. Tratando de no demostrar rencor, Don 29 hizo tachaduras en 22 páginas, autorizando la edición en 1962.

El Maquiavelo del lápiz rojo, Don 29 y otros compañeros de actividad, todos ellos muy bien bendecidos por Santa Lucía, y como consecuencia dotados de excepcional visión, hoy no son historia, sino anécdota bufa de tiempos oscuros. Los objetivos de su desprecio, por el contrario, brillan con luz propia. Gil de Biedma, cuya influencia planea sobre las siguientes generaciones poéticas, es referente literario en las escuelas. Y Juan Marsé puede lucir los premios Biblioteca Breve, Planeta, Ciudad de Barcelona, Juan Rulfo, Sésamo, Ateneo de Sevilla, Internacional de Novela México, el de la Crítica por partida doble, y desde 2008 el Cervantes, “Nobel” literario de la hispanidad.

La censura también se ensañó con el cine. Este afiche tuvo que ser modificado, porque las mujeres decentes no podían invitar a nadie a su cama.

 

Se entenderá, luego de tan increíble excursión por el despropósito, que los censores con más ínfulas, quienes se creían por encima de figuras literarias ya entonces contrastadas, apenas prestasen atención a las novelitas populares. De ellas sólo se ocupaba la infantería más mísera, y aún éstos forzados, medio a regañadientes, tragando sus páginas como una purga de ricino. Pero por más denostadas que estuvieran estas “novelitas” -y lo estuvieron siempre, no nos engañemos- pasaban por el tamiz, al igual que los tebeos. Entre éstos, por cierto, habría que destacar los reeditados en el periodo  1965-1974, cuando para apartar a los jóvenes de la violencia se impidió a sus héroes blandir revólveres o espadas, y los malos debían morir sin huellas visibles de sangre o heridas. Resumiendo, a los personajes creados 15 años antes tuvieron que borrarles las armas, de forma que muchos pistoleros disparaban con el dedo.

La novela popular, de cualquier modo, si dejamos aparte a Corín Tellado, no tuvo muchos encontronazos con tan temido órgano. Existía demasiada autocensura en este ámbito, como para tropezar con sorpresas desagradables. Aparte de las rígidas normas impuestas por los editores del género, antes de ser aceptadas, las novelas pasaban por un riguroso control externo. Francisco González Ledesma (Silver Kane o Rosa Alcázar, además de abogado en Editorial Bruguera tan pronto concluyese su carrera de Derecho) recordaba que un librero valenciano se encargaba de cribar los manuscritos, asegurándose de su inocuidad. Por si esto no bastara, aquellos escritores eran auténticos destajistas. Si los censores echaban atrás sus trabajos, adiós dinero. Y habida cuenta del apretado calendario que las casas editoras debían cumplir, con citas inexcusables ante sus lectores, como los rechazos se repitieran, el alocado novelista podía verse sin encargos.

Uno de los fabuladores que  paseó por el filo de la navaja fue José Caballer Caballer, conocido por Larry Winters en las portadas de Editorial Valenciana. Encarando ya  la recta final de su vida, recordaba que allá por 1955, tras haber leído en el periódico del Movimiento “Siete Fechas” un reportaje sobre los campos de concentración nazis, escribió su novela “Tres yanquis en Buchenwald”. Aunque los editores acabaron incluyéndola en la colección Comandos, le recomendaron escribir novelas donde los alemanes fuesen buenos. Según ellos, como la censura lo pusiese en su punto de mira ya podía olvidarse de seguir publicando. Este tipo de avisos no podían caer en saco roto. Así que Caballer escribió otra, a modo de desagravio, protagonizada por alemanes. Más adelante compró un libro sobre historia de la II Guerra Mundial, encontrándose con que su Buchenwald (campo donde estuviera preso Jorge Semprún, nieto de un presidente de gobierno con Alfonso XIII, hijo de embajador, y entre 1988 y 1991 ministro de Cultura en un gobierno de Felipe González) aún habiendo inspirado tantos recelos, era casi un parque temático por comparación con la tremenda realidad. Se sintió frustrado, manipulado, enojado consigo mismo por haber hecho el juego a editor, censores y público devoto de sus historias. “Cosas de aquellos tiempos”, se condolía. “Cosas que no deberían olvidarse”.

Antonio Vera Ramírez, celebérrimo autor aventurero (Lou Carrigan para los kioscos) no se libró de sufrir algún rechazo. “Por supuesto me quedé con la novela”, aseguraría a Ediciones Robel en uno de sus tomos sobre el género popular. “La rehice, quitando aquello que sentó mal, esperé unos meses para volver a mandarla y coló. Era la misma novela con algunos parches. Pero por lo general no había problemas”.

A Corín Tellado, en cambio, siempre la tuvieron en su punto de mira los censores. Bien fuere por su implantación popular, a causa de sus teóricos excesos, mucho más aparentes que reales, si se mira bien, o porque para todo lo dirigido a las mujeres se exigía doble ración de cuidado y recato, lo cierto es que solían cebarse en su obra. “Hasta cuatro novelas al mes llegaron a rechazarme”, recordaba la autora con cierto deje orgulloso, en los albores del siglo XXI. Al parecer, algunas de esas historias volvían tan tachadas que resultaba imposible releerlas. Nada tiene de extraño que la propia novelista confesase: “Fue la censura quien forjó mi estilo. Ellos me ensañaron a sugerir, a expresarme sin decir, a transmitir sentimientos sin describirlos”. Todo un arte de prestidigitación literaria, el suyo. Hoy cuesta entender tanta obsesión. Al fin y al cabo, los personajes  de Corín, rebeldes y tercos, concluían acatando hasta la última norma.

Pero aunque Antonio Vera Ramírez no tuviese muchos tropiezos mientras era Lou Carrigan en los “westerns” y “policiales” de Editorial Rollán, los responsables de aquella casa sí sufrieron sobresaltos. Y no por culpa de sus textos, sino a causa de las portadas. Sucedió, por ejemplo, con una de Chicharro para la serie “F.B.I.”. Algún censor escrupuloso debió pensar que el traje ceñido y sin mangas de la oriental situada en primer plano, atentaba contra el decoro. La novela debía entrar en máquinas y no daba tiempo a confeccionar otra ilustración. O se aprovechaba una ya publicada, o se imponía el retoque. Y optaron por esta última solución. Varios brochazos de tinta china sobre hombros y piernas facultaron su puntual salida al mercado, como “El gran golpe”, de J. Tell.

Esta portada de un “pulp” estadounidense fechado en 1954, sólo hubiese podido ver la luz en España a partir de 1977. Para cubrir escotes mucho menos pronunciados que éste, existía ex profeso un chal en Televisión Española. Tras la apertura, el chal dio paso a una rosa, imprescindible en cada actuación de Rocío Jurado. Aquella rosa ya no perfumaba ningún hipotético escándalo. Los kioscos, una vez desmontado el aparato censor, habían tomado al ente audiovisual  considerable delantera.

 

Incidencias como la descrita mueven a reflexionar sobre ciertas portadas de José Luis Macías para la colección “Luchadores del Espacio”, de Editorial Valenciana.  Los trajes ceñidos de sus astronautas femeninos, evidente homenaje al “pulp” americano de “space-opera”, esquivaron cualquier escollo, pese a mostrar anatomías femeninas de un modo que el censor de Rollán, justo por la misma época, probablemente habría considerado pornográfico. Cosecharon críticas desde “La Codorniz”, supuesto azote humorístico del régimen, pero el buen ilustrador levantino nunca perdió los nervios. “¿Qué podían hacerme?”, manifestó transcurridos cuarenta años. “Estaban completamente vestidas. No infringía ninguna norma. No podían prohibírmelas”. Mundo de locos el de la censura, poblado por reyezuelos taifas, con brocha y tijeras a modo de cetro y corona.

Pero, ¿cómo se llevaba a cabo la censura?. ¿Existían normas concretas?. ¿Estaban bien remunerados sus trabajadores?. Vayamos por partes.

Pese al poder monolítico y soberano de que gozó la censura, sus instrumentos, es decir los censores, nunca dejaron de ser piezas escasamente valoradas. Por los archivos del ministerio de Información y Turismo emergidos durante los primeros años de democracia, sabemos que sus sueldos, en 1956, daban para poco. La masa salarial de los 13 lectores fijos dedicados a censurar libros sumaba 306.00 ptas. anuales, con lo que sus nóminas mensuales oscilaban entre las 2.500 de Antonio Balbín Lucas y Miguel Piernavieja del Pozo, y las 1.200 de Félix Melendo Abad o Francisco Aguirre Cuervo. Además de los lectores fijos existían otros colaboradores, a los que se abonaba por página leída. Estas tarifas variaban en función del idioma. Los lectores de español liquidaban 40 céntimos por página, los de dialectos hispanos 60 céntimos, los de francés e italiano 80, los de inglés 1,20 y los de alemán 1,60. El 6 de noviembre de aquel año, se decidieron a enviar un escrito al director general de Información, solicitando un incremento del 5% para los especialistas en español y del 60% para los de lenguas extranjeras. Entonces, los lectores fijos debían permanecer como mínimo 4 horas diarias en el Ministerio, y esa rigidez constituía también un foco de conflictos, puesto que la mayoría compaginaban su labor censora con trabajos de traducción, literarios, o el ejercicio periodístico. Pluriempleos, en suma, con los que redondear una nómina más decente. Sirva, como referencia, que entre 1956 y 1957 el sueldo medio de un oficinista o empleado de banca rondaba las 2.800 pesetas mensuales. Hacía falta leer muchas páginas para vivir del lápiz rojo.

 

Portadas de José Luis Macías, bordeando lo permisible a finales de los 50 y primeros 60. La censura, en Valencia, hacía gala de una manga más ancha.

Respecto a la existencia de normas concretas, en teoría sí, las había. Claro que a la postre, mucha responsabilidad sobre la validez o el veto la tenía el lector de turno. Cada uno de ellos debía cumplimentar un formulario, respondiendo a si la obra enjuiciada atentaba a los principios del régimen, la moral católica y los buenos usos y costumbres, consignando, en cada caso, las páginas objeto de infracción. La dificultad radicaba en calibrar la vara de medir. Lo que a uno podía antojársele indecente, para otro tal vez fuese sólo provocador. Lo inadmisible en un caso, tolerable en otro. Y así nadie podía estar seguro de pisar suelo firme.

Aunque ciertas cosas quedaran desde el principio meridianamente claras.

Los pechos femeninos, por ejemplo, debían convertirse en senos. Y pese a todo, Silver Kane optó por tomar una curiosa tangente en “La zarpa”, Ed. Bruguera, 1962:

“La chica era un monumento. Como de diecisiete años nada más, con un jersey ceñido, bajo el cual se advertían unos parachoques capaces de detener el expreso de Pennsylvania”.

No era aquella, ni muchísimo menos, la primera vez que el busto femenino se convertía en sinónimo de tentación lujuriosa, de pecado. Siglos atrás, un obispo compostelano ordenó limar exuberancias pectorales en el Pórtico de la Gloria, luego de que tras un retoque a la policromía, al artista restaurador se le ocurriese poner arrebol sobre las mejillas del apóstol más joven, precisamente situado ante las voluminosas ubres pétreas. Como el hombre permanece anclado a sus estupideces crónicas y repetirlas sólo suele ser cuestión de tiempo, la Iglesia, pilar notable del entramado censor, debió recordar sus viejos remilgos. Puesto que los tebeos iban dirigidos a un público infantil, sus dibujantes debían recrear mujeres del todo asexuadas. Ya fuesen las hermanas Gilda, la madre de Zipi y Zape, Doña Urraca, Petra, criadita para todo, Doña Tula, de profesión suegra -a la que pusieron todo tipo de trabas por socavar con humorismo ácido la sagrada institución del matrimonio-, o la dominante esposa de Don Pío, nada, pero nada remotamente parecido a pechos. Puestos a dibujar curvas, mejor barrigas o moños. Y aquello sólo fue el comienzo. ¡Pobre de quien en cualquier portada con chica en escorzo trazase el canalillo!. ¡Pobre la que se atreviera a lucir provocativos escotes!. ¡Pobre, quien al escribir no evitara sofocos denominando senos a lo que siempre se había llamado pechos!.

 


El pecho femenino, obsesión de los censores. Este otro afiche tampoco superó la inspección. Su dibujante tuvo que rebajarlo, para que no incitase al pecado.

 

Lástima que algunos se hicieran un lío entre “seno” y “senos”. Es lo que tienen ciertos plurales. Joe Mogar, sin ir más lejos, tuvo sus dudas redactando “Han fusilado a mi esposa”, Ed. Bruguera, 1963. Fruto de ellas, concluyó mastectomizando, sin pretenderlo, a una intrépida mujer:

“La miré de nuevo, de pies a cabeza. No llevaba bolso. Sus piernas estaban deliciosamente desnudas. No podía acertar dónde guardaría un arma, caso de llevarla encima.

¿En el seno?.

Pudiera ser”.

La censura siempre exhibió un miedo reverencial ante ciertas palabras. Prostituta o ramera, no debía escribirse, ni siquiera mientras la prostitución fue una industria no menos legal que tabernas, puestos de castañas o estancos. Se preferían los términos “meretriz” o “pupila”. Y si ramera sonaba fuerte, ¿qué decir de gígolo?. Sencillamente nada, primero porque la palabrita era extranjera y segundo porque los hombres españoles, guardianes de Cristo y reserva espiritual de occidente, no podían prostituirse. Por eso, cuando en alguna aventura había que describir ambientes “equívocos”, como le ocurriese a Charles Castle en “Patrimonio federal”, Ed. Rollán, 1967, estaba condenado a los malabarismos:

“Un cuarteto interpretaba en aquellos momentos un viejo tango y a sus compases empezaron a salir a la pista algunas parejas. Se apreciaba una doble diferencia entre quienes las formaban: diferencia de edades y de clases. Hombres demasiado jóvenes, con aspecto de profesionales del amor y del baile, y mujeres por encima de los cuarenta que saboreaban algo que para ellas ya parecía casi prohibido. Pero todo dentro de una absoluta corrección”.

Corrección, claro. Nada de escándalos. Desde sus catacumbas, los censores permanecían vigilantes. Para no provocar su ira, durante bastante tiempo cualquier autor de kiosco medianamente cabal debía poner a salvo el pudor más íntimo tras cada situación eróticamente comprometida. Podemos observarlo en “El aire tiene huellas”, de Lou Carrigan, Ed. Bruguera, 1962:

“- No lo alarguemos más. En realidad yo vine aquí para que me explicases todo cuanto viste después de marcharme yo. Todo cuanto viste y oíste, se entiende. Y me lo vas a contar mientras te vistes. ¡Hale!.

La empujé hacia el dormitorio. La chica ya no dijo nada más, hasta llegar a la puerta. Antes de entrar quiso cerrarla, dejándome fuera.

- No pensar en eso, pequeña. No pienso perderte de vista.

Sue Gaskell se sonrojó.

- Pero…

- No me voy a asustar.

- Pero yo…

- O te vistes tú o te visto yo.

- ¡Oh!.

En realidad, el recato de Sue era innecesario, ya que no ofreció a mi vista nada criticable, pues llevaba puestas las prendas interiores”.

Las cosas bien explicadas, no fuera a desbocarse la imaginación del lector. Claro que a veces, por culpa de ciertas explicaciones, las novelas también podían ser podadas. Si no sucedió en este mismo título sería debido a despiste del censor, ya que cierto párrafo susceptible de interpretación harto pecaminosa, superaba todos los límites. Ocurría cuando el protagonista, con una amiguita a la que acababa de conocer, esquivaba con su automóvil la tumultuosa carretera general:

“Durante el regreso de la segunda noche desvié el coche hacia un caminillo que bifurcaba hacia la derecha. Luego eché los frenos al vehículo y solté los míos. Besaba bien y no protestó ante mi audacia manual. Por lo menos no demasiado”.

Cabía un mundo en lo de “audacia manual”, y casi todos los censores acostumbraban ponerse en lo peor. Bien pudo habérselo explicado a Vera Ramírez, alter ego de Lou Carrigan, su colega González Ledesma, o sea Silver Kane. Y mejor todavía su paranoico guardián de la pureza, aquel que adivinaba intenciones de seguir subiendo la mano, rodilla arriba. Si aquel carpetobetónico cancerbero llega a tener ante sí este título de Lou Carrigan, seguro que el audaz protagonista del relato habría vuelto a la carretera general conduciendo con los muñones.

Editorial Bruguera quiso tranquilizar a los censores, cuando concluían los años 50, adjuntando en sus novelas “femeninas” una calificación moral de andar por casa. Todo parecía poco para evitar  tropezones con tan poderoso órgano.

 

La censura velaba por la recta moralidad de este género. De todo cuanto oliese a tinta de imprenta, para ser exacto. Y eso que algunos funcionarios se despistaban. Miguel Oliveros Tovar tuvo más suerte que Josefina Carabias al firmar como Keith Luger “Crimen para ye-yés”, Ed. Bruguera, 1968. A él no se le antojó ofensivo el vocablo “braga”:

“La joven podía tener veinticuatro o veinticinco años. Llevaba un corpiño de lentejuelas azules que le cubría muy pobremente sus grandes senos, y pantalones transparentes de odalisca sobre unas ajustadas bragas negras. Entre el corpiño y los pantaloncitos mostraba el ombligo, en donde reposaba una refulgente joya”.

Cuestión de lupas. Y como este título sin duda pasó por un cedazo algo ancho, también tropezamos en él con observaciones de alguna carga erótica:

“Yolanda estaría al otro lado de la puerta, esperándome.

Recordé sus brazos que se enroscaban como serpientes de cascabel, sus labios gruesos, rojos, que se adherían como ventosas…

No se filtraba luz por abajo. Claro, para ciertas cosas viene muy bien la oscuridad”.

Durante esos años, si “braga” podía revestir tintes soeces, hubiera sido inimaginable cualquier referencia a la menopausia. En 1976, sin embargo, despuntando ya sobre el horizonte los primeros anuncios de democracia, Silver Kane aludía a ella sin problemas desde “Todas las puertas del infierno”, impresa en los talleres de Editorial Bruguera:

“Aquella noche, mientras su mujer gruñía porque empezaba a tener los dolores de la menopausia, James no pudo dormir”.

En ese mismo título hasta se recogía con desenfado la posibilidad de que un hombre se prostituyera. Anatema mayúsculo tan sólo seis o siete años antes:

“Tú, Ryan, tienes que acordarte de él. Cascado, hecho cisco, viviendo gracias a un marcapasos y todavía atracando Bancos con una sola obsesión: dejar forrada a su hija. Por ella hubiese hecho cualquier cosa, hasta meterse en una habitación con un negro, si el negro le hubiese pagado bien”.

Entre la época que se tachaba “braga” y podía aludirse a la menopausia, habían ido sucediendo cosas. Una de ellas, que los censores prestaban menos atención al género popular. Confiaban en las normas impuestas, en los editores y hasta en la autocensura del galeote literario. O bien no las leían, o en el mejor de los casos paseaban sus pupilas por algún párrafo seleccionado aleatoriamente. Eso, al menos, si el autor no hubiese quedado marcado por anteriores deslices, pues consta que los editores de Valenciana aconsejaban vivamente a sus creadores la necesidad de no significarse. El caso es que alrededor de un 98% de libritos salían indemnes del trance, al decir de los editores, y no faltan novelistas del Oeste o lo policial convencidos de parte de esos títulos estaban en manos del linotipista, o incluso en máquinas, al tiempo que descansaban sobre la mesa del censor. De otro modo hubiera sido difícil respetar el vertiginoso ritmo de aprovisionamiento a los kioscos.

Lo cierto es que nadie quería ver su trabajo tachado en escarlata o, peor aún, en el cesto de los papeles. Mark Halloran (Jorge Gubern Ribalta), como otros muchos compañeros, supo tener cuidado. De ahí que su concisión en “Perfume de pólvora”, Ed. Bruguera, 1960, constituya buen ejemplo por partida doble. Primero cuando la protagonista secundaria cambia de postura:

“El cuerpo sensual y ondulante de la rubia mudó de posición en el diván. Sylvia había llorado y además estaba un poco embriagada, pero su elemental y ardiente belleza no perdía por ello atractivo. El deshabillé azul celeste que vestía, colgaba con descuido a ambos lados de sus magníficas piernas”.

Y después con el simple movimiento:

“Sylvia apuró la ginebra, dejó el vaso y se apartó los cabellos de la cara. Al moverse, sus formas destacaron audaces bajo la fina tela del deshabillé”.

Pero no todos los autores fueron tan “formales”. El mismo Mark Halloran, años antes y a su manera, había sacado un poco los pies del tiesto.

Porque lo cierto es que de la explicación pormenorizada y hasta de la condena explícita hacia ciertas actitudes “escandalosas”, puestas ex profeso ante el lector con el decidido propósito de subir su temperatura, se pasó a la “no descripción”. De ese modo, nada resultaría censurable. Sin escotes en uve, transparencias, sinuosidades explícitas y turgencias explosivas, nada habría que tachar. Llegados a tan lógica conclusión, los más dotados literariamente pusieron manos a la obra. Y es que la fórmula exigía cierta proporción de recursos.

Uno de los primeros en probar fue Keith Luger (Miguel Oliveros), pues de su prodigiosa fecundidad surgió “A las 19 horas: crimen retransmitido”, Ed. Alhambra, 1952. Tuvo como objetivo el busto femenino, manzana tentadora del erotismo impreso a comienzos de los 50. Sin embargo, mientras sus compañeros de profesión se empeñaban en describirlo mediante la insípida aplicación de adjetivos aptos para la censura, él encendió llamas sin emplear ninguno. Veámoslo:

“Se había despojado de la chaqueta y mostraba una blusa blanca, ceñida, que contorneaba su busto. Un busto que los tribunales ingleses debieran declarar fuera de la ley”.

Tampoco le llevó mucho a Mark Halloran descubrir que hasta se podía introducir mujeres desnudas en las novelas. A condición, eso sí, de no describirlas. Emplearía como plataforma “No se admiten coronas”, Ed. Bruguera, 1955:

“Sólo entonces vio Greene qué era lo que debía terminar. Abrió la boca. Se sentó, pero ya no apartó los ojos del ejemplar humano que posaba al fondo, sobre una tarima de un palmo de altura, con una piel de leopardo a modo de lecho. El ejemplar humano usaba grandes pendientes rojos, un brazalete rojo en la muñeca derecha y una ajorca roja en el tobillo izquierdo: no era mucho”.

Su método resultaba bastante más literario que el de Mikky Roberts (Miguel María Astráin) cuando describía un striptease integral como si fuera un estornudo en “Fuego maldito”, Ed. Bruguera, 1963. Por supuesto, omitiendo cualquier pecaminosa descripción:

“La pelirroja arrojó la última prenda y el público le mostró su entusiasmo en la forma adecuada. Ella se deslizó detrás de unas cortinas y la orquesta negra alzó el sonido de su jazz”.

El hallazgo de Mark Halloran, que hoy cualquiera consideraría ridículo, supuso para novelistas y editores algo así como el burladero ante la temible cornada de los censores. La imaginación, aunque fuese por retaguardia y medio a traición, navegaba libre. Y Halloran, buen marino de tinta para rotativas, continuó navegando entre escollos, aunque sin grandes sobresaltos. Observemos otra muestra en “El sentimental”, Ed. Bruguera, 1957:

“Berta echó el cuerpo atrás y cruzó las piernas. Sucedió lo que sucede cuando alguien cruza las piernas vistiendo una bata como la suya, pero ella no trató de remediarlo”.

Descubierta la fórmula, ¿por qué no patentarla?. Keith Luger la empleó una y otra vez. En la ya citada “Crimen para ye-yés”, (1968), continuó repitiéndola:

“- Nicolás -dijo Deborah con toda la seducción del mundo-. Sabes que eres el único hombre en mi vida. Es cierto que Daniel me descubrió en el baño, pero no pasó nada.

Sentí deseos de soltar una carcajada. Claro que había pasado, y mucho. Pero no se lo quiero contar a ustedes. Tienen imaginación, ¿verdad?”.

Años antes, Silver Kane había ideado un juego similar: burlarse de la censura en complicidad con el lector, sin llegar a citarla. Veamos dos muestras en “La casa de la niebla”, Ed. Bruguera, 1965. Historia muy bien urdida, por cierto:

“Porque mi nueva cliente era una mujer como para subir tras ella en tranvía  a una de las pirámides de Egipto.

Y basta, porque si digo muchas cosas acerca de ella, el editor es muy capaz de no publicar este libro” (Pág. 8).

“Stella iba vestida como antes, con el traje de noche, pero ahora respiraba agitadamente. Y yo no puedo explicarle al lector lo que pasa con un vestido muy ceñido y una mujer que tiene una respiración muy agitada. No puedo explicárselo porque no me dejan” (Pág. 22).

Parece que a ningún censor molestó el jueguecito, considerando que otros muchos suministradores de letra impresa a los kioscos se sirvieron de él con alguna regularidad. Lou Carrigan en “Cabeza de turco”, Ed. Rollán, 1969, tampoco quiso quedarse sin probarlo:

“Nadie respondió, nadie se movió. Massimo Pontano sí lo hizo, hacia un cuadro que se veía en el saloncito. Un pornográfico cuadro de ninfas y sátiros. Prohibido describirlo”.

Eduardo de Guzmán Espinosa, embozado como Eddie Thorny, desplegaría su amplio estilo al presentar en “Tres mujeres son muchas”, Ed. Rollán, 1966, numerosas damas de las que quitan el hipo, sin incurrir en teóricas procacidades. Ello no impedía, sin embargo, que el termómetro alcanzase graduación febril para cuanto en aquel tiempo se estilaba:

“Despedía un perfume tan espeso que uno podía apoyarse en él, aunque mostraba a la vista apoyos más sólidos y tridimensionales que lo hacían innecesario como sostén. Entre el olfato y otros sentidos resultaba fácil la elección, y demostré a la morena mi predilección por los demás. Quizá me excedí en la primera demostración, pero Lucy sonrió complacida y yo no lamenté mi audacia”.

Obviamente, ni sometiendo el párrafo a radiografía hubiesen podido encontrar huellas pecadoras los censores más pusilánimes. Y tampoco debieron verlas en el siguiente:

“La fealdad del uniforme disimulaba y encubría un cuerpo de líneas clásicas, con curvas suficientes para hacer descarrilar el pensamiento de quien las mirase”.

Una llamada al pecado eso de “descarrilar el pensamiento”. Pero los censores necesitaban vocablos y expresiones más concretas para utilizar su lápiz rojo, siempre y cuando no mediasen ojerizas previas o antiguas cuentas por saldar. Ni siquiera lo emplearon en esta novela cuando, desnuda ya la muchacha, aún sin reflejo descriptivo de tal circunstancia, producía este efecto en su invitado:

“Se irguió en el centro de la habitación y se me quedó mirando, quizá para ver qué efecto me producía. Si era así, pudo salir de dudas en el acto. Lancé un resoplido, sentí que la temperatura de la habitación se tornaba ecuatorial de golpe y tuve que aflojarme rápido la corbata.

- ¡Hum! -articulé con dificultad, porque tenía la boca reseca-. Si alguien te ve como estás ahora…

- ¿Echará a correr asustado?.

- No conseguirás echarle ni siquiera a balazos”.

Eduardo de Guzmán, firmando como Edward Goodman, Richard Jackson, o Eddie Thorny, continuó perfeccionando hasta el fin de la dictadura su fórmula de “decir sin escribir”, conforme puede apreciarse en los siguientes fragmentos tomados de “Paraíso con serpientes”, firmada como Eddie Thorny para Rollán en 1972:

“Apenas toqué la almohada con la cabeza comencé a roncar, sumido en el sueño profundo de un niñito de tres o cuatro años.

Aunque si el sueño tenía la misma profundidad, carecía por entero de su inocencia. Por mi cerebro comenzaron a desfilar entremezcladas las imágenes de la rubia, de la bailarina del “Malibú” y de la pelirroja, y ni el conjunto ni los detalles resultaron aptos para un menor de dieciocho años. Incluso algunos mayores lo hubieran encontrado demasiado subido de color.

Como en todos los sueños agradables, lo malo de aquél fue el despertar. Estrechaba contra mi pecho el busto exuberante de la dama rubia, que suspiraba mientras me ofrecía rendida sus labios, cuando alguien me cogió del brazo, sacudiéndome con el mismo ímpetu que podía hacerlo Joe Frazier en sus ratos de mal humor” (Pág. 19).

“Pauline Harding tenía mucho que ver. Uno podía estar mirándola sin cansarse durante días enteros. Era de mediana estatura, más bien pequeña, pero admirable, perfecta mejor, en líneas y proporciones. Tenía todo lo que debía tener en su sitio y volumen exactos. Podía decirlo sin temor a error, aunque llevaba puesto un pijama y se había echado una bata sobre los hombros al abrir la puerta” (Pág. 46).

España ya no era la de 1963, cuando Mikky Roberts abordó su striptease como quien describiera un estornudo. En 1972, el país, y con él muchos de sus súbditos, se había transformado. Tanto, que incluso la censura acabó aceptando el reposado striptease de “Paraíso con serpientes”, para gozo de Eddie Thorny y sus lectores. Al pespunte de descripción seguían faltándole lecciones de anatomía:

“Louella había comenzado a mover las manos. Se las llevó al cuello y desabrochó una parte  del vestido; las bajó luego a la cintura y el vestido cayó a sus pies. Contra lo que esperaban los más impacientes -entre ellos yo-, no quedó desnuda ante nuestros ojos. Fue un bien, aunque al principio no lo creyéramos ninguno, porque aún tardó cinco minutos en acabar de desvestirse y a nadie le hubiese importado mucho que tardase  cinco horas.

He visto desvestirse a muchas mujeres en público o en privado, y jamás he tenido la tentación de volver la cabeza. Pero nunca encontré ninguna que lo hiciera con tanta maestría, con tan estudiada perfección como Louella, ni con tan asombrosos resultados.

Era como asistir al mitológico nacimiento de Afrodita, emergiendo pulgada a pulgada de las azules aguas mediterráneas. Igual que ella, Louella revelaba con estudiada lentitud sus múltiples encantos. Llegó un momento en que ya no le quedaba más que la piel y a nadie le interesaba lo que hubiera debajo.

Con lo que en aquel momento aparecía a la vista superaba los más optimistas sueños de los espectadores. Era algo increíble, impresionante, sensacional. Tenía unas piernas largas, marmóreas, como columnas capaces de soportar el Partenón; un estómago hundido y un busto que desafiaba todas las leyes de la gravedad”.

Y eso que pese al pretendido aperturismo de Fraga, a cuanto como oxigenación mental supuso la avalancha turística costera, demasiadas cosas seguían reservándose a la imaginación del lector. El propio novelista lo recogía sin ambages:

“Su actuación no había durado arriba de diez minutos, pero transcurrirían veinte años antes de que la pudiese borrar de mi imaginación”.

Más adelante, Eddie Thorny ni siquiera se atrevía a abordar en su novela el vocablo “desnudez”, consciente de que el lápiz rojo estaría afilado. Pero eso sí, gracias a las medias palabras, el lector acababa descubriendo hasta dónde llegaba la inmensa suerte del héroe:

“Había un lecho grande y señorial ocupando casi toda la habitación. En él, con una enigmática sonrisa en los labios, aparecía Louella. Llevaba la misma ropa que al final de su actuación en el “Gambling”. La diferencia radicaba en que ahora sólo había un espectador: yo. Que, para colmo de bienes, no debía limitarme a mirarla de lejos.

- ¿No crees que se te harán más cortas las horas de espera hasta la partida del avión?.

Eran sólo tres horas y yo hubiese querido fuesen trescientas. Pero tres horas tienen ciento ochenta minutos y diez mil ochocientos segundos. No desperdicié ninguno y Louella no se mostró desencantada o molesta”.

Dos capítulos después, volvía a emplearse el subterfugio para no decir con todas las letras que Louella seguía estando desnuda:

“Cuando entré, cerró la puerta y me echó los brazos al cuello, demostrando que sus lesiones, cicatrizadas ya, no le molestaban en absoluto. A mí me molestó menos aún que me abrazase y el corazón aceleró sus latidos al sentir a través de la ropa -la mía, naturalmente- las durezas de su impresionante carrocería”.

Y por si algún lelo aún siguiera en Babia respecto a la total desnudez de Louella, el bueno de Eddie Thorny concluía resolviendo dudas:

“Nos pusimos de acuerdo, sellamos las paces con un nuevo abrazo y la sangre volvió a encenderse en mis venas. Pero Louella, que había empezado a vestirse mientras hablábamos, tenía prisa por realizar una serie de gestiones”.

Hasta el más esporádico merodeador de kioscos sabría entender en este otro párrafo, cuando la novela avanzaba hacia su desenlace, que entre Louella y el protagonista había mucho más que besos y abrazos:

“Como consecuencia estuve aguardando desde las diez de la noche a las dos de la madrugada, en que hizo su aparición. Fueron cuatro horas de espera, pero no lo lamenté cuando le abrí la puerta y menos en la hora siguiente”.

Curioso comportamiento de los censores. Tanto escrúpulo para unas cosas, y consentían sugerir inequívocas relaciones coitales.

 

Novela popular y la censura franquista (2ª parte)

 

La novela popular, por obra y gracia del aparato censor, permitía adivinar bastante más de lo que en el fondo mostraba, como muy bien condensase el riojano Fred Hercey (Fernando Orbiso Herce) en “El infierno verde”, Ed. Rollán, 1966:

“Hablaba con entera sinceridad. Era algo que no cabía dudar. Luego dejó resbalar su mirada por el escote de la joven, hasta el punto donde los límites de las curvas se unían a su tórax.

Respiró hondo. Se adivinaba más de lo que se veía, pero resultaba turbador de todas formas”.

El caso es que puestos a turbar, la cosa adquirió ribetes de ilusionismo. Un maestro como Lou C. Carrigan (Antonio Vera Ramírez) tenía bastante con esconder un simple término en “Ron de Jamaica”, Ed. Rollán, 1967:

“Debbie correspondió cálidamente al beso, mientras sus manitas blancas y tiernas acariciaban la nuca de Kenesaw, que soltó su cuello para deslizar las manos hacia puntos anatómicos más dotados…, mientras profundizaba más y más en su beso…”

Todos estaban al corriente de que esos “puntos anatómicos más dotados” eran los pechos de la rubita Debbie. Pero de haber escrito “senos”, conforme las normas exigían, hasta el censor más ciego hubiese impedido la publicación del párrafo.

De todos modos, para estar seguro de superar la inspección, Antonio Vera daba otro pasito haciendo que la chica apartase aquellas manos de su prominente busto. Cualquier procacidad, así, luego de haber encandilado a los más sensibles, acababa transformándose en pauta de buenas costumbres:

“- Aaron… -jadeó ella, apartando la boca-. Vas a ahogarme… Suéltame… Este no es momento… Quita las manos de ahí…” 

Idéntico juego, en el fondo, al practicado por Fred Hercey en “El infierno verde”. Cuando su agente federal llega a un garito de mala nota, resultaba imprescindible describir aquel ambiente. Y nada como deslizar una inequívoca condena hacia cuanto allí se diera, para contentar a los puntillosos censores:

“Era arriba, en el lugar destinado a unos pocos privilegiados, donde se fraguaban las intrigas de Jay Less.

Muchas jóvenes entraban allí seducidas por el lujo y salían, pocas horas después, sin dignidad. Muchas habían iniciado allí la primera rodada de su cuesta abajo. Después, drogas, prostitución, y finalmente, cuando ya sus dotes de seducción disminuyeran, su venta para ser transportada a otros países, a otras regiones donde las mujeres escaseasen y el negocio pudiera ser fructífero, si un cuerpo femenino no se ajase tan pronto a causa del vicio y la climatología infernal”.

Pero la censura, aún velando con microscopio por la salud moral de los españoles cuando parecía no haber mandamiento más importante que el 6º, tampoco pasaba por alto otras cuestiones. Y una de ellas tenía que ver con su recelo ante ciertas palabras.

Los tacos, obviamente, solían ser muy rebajados. Y lo mismo las expresiones malsonantes. Cuando en aras de la coherencia no había otro remedio que acudir a ellas, se recurría a los puntos suspensivos. Podemos verlo en “Apátridas”, de Richard Jackson, Ed. Rollán, 1953, al ser traicionado un esposo:

“-¿Llamas sufrir a esto? -rió, nervioso y brutal, Marcus-. ¿A entenderte a espaldas de mí con el primero que pasa?. Jamás creí que pudieras caer tan bajo, que fueras una…

La palabra ofensiva brotó violenta, de sus labios. Brumele se estremeció de pies a cabeza al escucharla, como si le hubiesen cruzado el rostro de una bofetada”.

Puesto que escribir “puta” o “hijo de puta” resultaba impensable, se acuñaron los términos “pécora”, el siempre socorrido “hijo de perra”, o cualquiera de sus diversas variantes. Gracias a tal prohibición, encontramos escenas tan curiosas como la descrita por Lou C. Carrigan en “Ron de Jamaica”, cuando un moribundo, en su agonía, trata de insultar a su asesina y amante:

“- Es una… una… pu… pu…

- ¿Puerca? -insinuó Mc Carney.

Aaron Kenesew consiguió sonreír, un tanto crispado”.

¿Habría un solo lector que no sonriera también?.

Otra alternativa solía ser el excesivamente largo “hijo de mala madre” o, como en el caso de John Wotman al redactar “Sangre de traidor”, Ed. Rollán, 1961, la más culta evocación latina:

-¡En pie!… en pie, maldito cerdo, hijo de loba…”

Los tacos, con cierta frecuencia, solían dar pie a escenas chuscas. Joe Mogar aportó una en “¿Por qué matar a Paula?”, Ed. Bruguera, 1970:

“Me puse en pie soltando una maldición que tuvo la virtud de hacer enrojecer a Bárbara, cuando yo creía que nada en este mundo podía conseguir en ella este efecto.

- ¡Qué cuer…!”.

Los oídos de Bárbara debían haberse educado en un convento de clausura, para no soportar, ya en plena decadencia hippie, con las mujeres tomando al asalto su sitio en la sociedad española, una expresión malhumorada tan blandita como “¡qué cuernos!”. Y eso que parecía curada de espantos, según el narrador.

A grandes males, grandes remedios, debió pensar Silver Kane durante su trabajo en “La tercera esfinge”, Ed. Bruguera, 1962. Si no podía escribir lo que cualquiera expresaría verbalmente en pleno ataque de obcecación o ira, siempre quedaba el recurso a la ingeniosa innovación:

“- Oiga usted, so calcetines rotos…”

Terrible insulto, en verdad. Más duro hubiese sonado “calzoncillos rotos”, pero cualquiera se arriesgaba, luego de que a Josefina Carabias le suprimieran “braga”.

En otras oportunidades, la obsesión por el léxico, por la palabra concreta y sus matices, solía estar cargada de argumentos. Ocurría en “Rebelión” de Keith Luger, Ed. Alhambra, 1952.

Un antiguo legionario francés, convertido a la religión musulmana, ayuda en su huida a través de África a la protagonista, joven occidental cuyo padre había sido asesinado por cierta red de contraespionaje. En la página 81 ese aventurero de pelo en pecho era calificado de converso, según puede apreciarse:

“- Hay una caravana que sale esta noche para el Este. El jefe se llama Beni-Ruzman. Es un francés convertido, amigo mío. He hablado con él y cuidará de usted”.

Así se expresaba un marroquí, antiguo colaborador del asesinado agente secreto británico. Nada que objetar a lo de “convertido”. Pero en cuanto las cosas se veían desde una óptica occidental, todo cambiaba. ¿Cómo podía “convertirse” en musulmán un cristiano?. ¿Cómo podía tolerarse tal expresión en el país que hiciera de la cruz de Cristo una espada?. Por eso, en adelante los censores vigilaron la redacción, sustituyendo “convertido” por “renegado”. ¿Qué otra cosa podía ser en la España nacionalcatólica y ultramontana un malísimo cristiano?:

“Al ponerse el sol hicieron alto y Joan vio que todos los componentes de la caravana rezaban sus oraciones dirigiendo la mirada hacia el Este, hacia la Ciudad Santa. Le impresionó contemplar a Beni-Ruzman, el renegado, haciendo aquellas genuflexiones” (Pág. 88).

“¿Qué hechos de su vida le impulsaron a renegar de su patria y de sus ideas para abrazar el Islam?” (Pág. 89).

“Era otra vez el renegado, que se detuvo ante ella mirándola con recriminación” (Pág. 90).

“Joan estaba sentada en el suelo, con las piernas encogidas, y el renegado permanecía frente a ella, en silencio, sin dejar de mirarle” (Pág. 91).

“El renegado dio media vuelta y se marchó” (Pág. 95).

“Durante aquel día y los cinco que siguieron, apenas cruzó las palabras indispensables con el renegado” (también Pág. 95).

Y para dejar perfecta constancia de la condición atribuible al antiguo legionario Sergio Dubac, transformado en Beni-Ruzman, volvía a citársele como “renegado” en las páginas 96, 123, 124, 133, 143, 145 y 149.

Pero lo que son las cosas, Joan y el renegado concluían enamorándose. Todo un reto a los censores, habrá quien arguya. ¿A quién podía ocurrírsele admitir una unión entre el renegado y la heroína?. Pues a Keith Luger, claro, con el visto bueno del aparato censor. Y mediante un simple movimiento de trilero habilidoso. Haciendo que Beni-Ruzman volviera a transformase en Sergio Dubac:

“De repente Joan Grover se dejó caer en los brazos de Sergio Dubac, al tiempo que decía:

- ¡Querido…, querido!.

Sergio la acogió amorosamente, estrechándola contra su pecho y besándola en los labios”.

Es de suponer que los lectores pusieran música imaginaria de arpas y violines sobre la palabra FIN.

Otras veces, la inconveniencia de cualquier palabra para expresar lo más censurable quedaba resuelta con el empleo de comillas. Se entenderá desbrozando un poco la escena urdida por los hermanos José y Miguel Téllez González (Herman Tellgon) en “Cuando los muertos vuelven”, Ed. Rollán, 1956.

El gángster y la bailarina son amantes, término que la censura preferiría no ver escrito. Un corrupto alto mando del ejército francés se presenta ante el delincuente, en su garito argelino, dispuesto a dejar bien clara su superioridad. Y el gángster se expresa de este modo en cuanto la bailarina pregunta si ha de salir del despacho, dejándolos solos:

“- No; claro que no, querida -afirmó Bell-. Puedes sentarte. En primera fila. Así podrás presenciar de qué forma insultan a tu “marido”. El coronel estaba dictándome la senda por donde debe discurrir mi vida”.

Casi nunca unas simples comillas pudieron aclarar tanto.

Al yugo censor debe también la novela popular unos cuantos pasajes insostenibles, por su completa irrealidad. Tomemos como ejemplo la ya citada “Apátridas”, de Richard Jackson.

En esta novela del represaliado político y buen escritor Eduardo de Guzmán Espinosa, las piruetas por torear a la censura llegan hasta lo increíble. Y es que con la moral, sobre todo si ésta iba contra el 6º Mandamiento, no se admitían bromas.

 

Un judío húngaro debe huir desde su nación hasta el Berlín de posguerra, para no ser víctima de las purgas comunistas. Siendo consciente de las privaciones que le aguardarán hasta hallar algún acomodo, elige dejar a su esposa en suelo magiar. Cuando por fin, portando una jugosa oferta de trabajo en Sudamérica, regresa subrepticiamente para llevársela, descubrirá que ella cohabita con un policía. Tratando de salvar a su marido, por pura lealtad, puesto que a quien realmente ama ahora es al agente, la todavía esposa pacta contraer nuevo matrimonio con el policía. Esta es la escena:

“- Me hubiese gustado darle su merecido. Pero tú me prometiste lo que más anhelo y eso me hizo desistir. ¿Cumplirás ahora tu promesa?.

- Sí -repuso en tono apagado Brumele-. Tan pronto como obtenga el divorcio…

- ¡Dalo por obtenido, cariño!. Ya me ocuparé yo de activarlo. Y ahora, como recompensa, ¿no merezco algún pequeño anticipo?.

Había dejado el vaso sobre la mesita. Con su brazo derecho rodeó los hombros de Brumele y la atrajo suavemente hacia sí. La mujer se puso un poco colorada, pero no ofreció la menor resistencia. Desde su escondite, Marcus vio a su esposa en brazos de otro hombre”.

Normal, podrá pensarse. Melodrama puro, con reminiscencias vodevilescas. Pues no, la verdad. Porque resulta que aún compartiendo techo y no queriendo ya al prófugo, la mujer ni siquiera ha consumado su relación con el policía y a éste tampoco parece molestar en exceso semejante situación. Increíble, ¿verdad?. A la censura sólo le preocupaba que no hubiera infidelidad conyugal, que no se retratasen adulterios. La verosimilitud de la historia, de cualquier historia, le traía sin cuidado.

Lo más cómico del aparato censor, era que obsesionado por cuanto se relacionara con el sexo, la doctrina católica y cualquier atentado contra las “buenas costumbres”, se le acababan escapando deslices semánticos, observaciones difícilmente aceptables para el régimen, o paralelismos nada laudatorios hacia la Cruzada franquista. Alguien debía haber concluido que el género, una vez metidos en cintura novelistas y editores, no representaba ningún peligro político. Y gracias a esa relajación pudieron asomar al kiosco ciertos guiños, más fruto del error o la casualidad, seguramente, que de verdadera mala leche.

Uno de ellos surgió en “Sangre de traidor”, escrita por John Wotman para Rollán, en 1961. Entre las palabras rigurosamente prohibidas, a la cabeza de todas, se hallaba el término “dictadura”. Su inconveniencia sólo perdía valor en muy contados y excepcionales contextos. “Dictadura de Primo”, por ejemplo, en los manuales y ensayos de Historia. “Dictadura del miedo”, para referirse al periodo republicano. “Dictadura europea del Real Madrid”, cuando con Di Stéfano en sus filas festejó cinco títulos continentales consecutivos. Y aún así, no pocos jefes de redacción, al verla impresa en sus diarios, fruncían el ceño, temerosos. Pues bien, en esa novela, sin venir a cuento, al vocablo “dictadura” se le unió el de “opresión”:

“El viento silbaba entre las altas ramas de los árboles y todo en conjunto parecía envuelto en un ambiente pesado, de opresión, de dictadura”.

Más clamoroso resultaba el planteamiento con que George H. White (Pascual Enguídanos) abordaba ciertos pasajes de su novela “Revuelta en Betania”, Ed. Bruguera, 1964. El valenciano ya había marcado un buen gol a los censores desde su celebérrima saga de los Aznar, en la colección Luchadores del Espacio, al convertir en comunismo puro el régimen con que los desplazados de la Tierra pretendían prosperar, tras largo viaje a través del cosmos, animados por un espíritu de reconquista y redención. Pues bien, como saliera incólume de aquel primer trance, en esta otra novela, perteneciente a la colección bélica “Metralla”, volvía a las andadas.

El valenciano Pascual Enguidanos (George H. Whhite) coló a la censura un orden comunista de manual en su popularísima Saga de los Aznar. Tal vez porque los vocablos “comunismo” o “comunista” no aparecían, ni censores ni editor dieron muestras de inquietud.

 

Con una sublevación militar en la imaginaria república bananera de Betania, como eje argumental, los acontecimientos derivaban en conato de guerra civil. A la división del ejército, se unía la de parte de los pobladores. Para mayor paralelismo con la rebelión franquista de 1936, incluso adquirían protagonismo ciertos mensajes radiados, un poco al estilo Queipo de Llano en la Andalucía meridional. Lo sorprendente era que Pascual Enguídanos, bajo su muy celebrado seudónimo, tomase partido por el presidente electo. Salvando todas las distancias, venía a ser, leído entre líneas, como dar la razón a Manuel Azaña ante los generales Franco y Mola:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“- Espera -dijo Ángel levantando una mano-. ¿Somos nosotros, o son los partidarios de Sancho los que se encuentran fuera de la ley?. ¿No elegimos por Presidente a López?. ¿No es él verdadero y legítimo Presidente de la República?. Pues entonces, ¿por qué hemos de temer dar protección a quienes actúan amparados por la ley?”.

La perla, además, venía ensartada en su correspondiente broche. El general Madero se enfrentaba a los insurrectos, pidiendo ayuda a la población civil en el difícil empeño de apuntalar la legitimidad del presidente electo:

“John estuvo a punto de lanzar un: ¡Bravo por Madero!. Éste era un general de 38 años, el más joven del Ejército Betaniano, hombre enérgico en quien se conservaban puras las más nobles tradiciones del Ejército, y uno de los pocos que hasta entonces pudiera eludir el mezclarse con las continuas revoluciones y pronunciamientos que tenían en completo colapso económico al país”.

O sea que siguiendo el hilo comparativo, ni Franco ni la cúspide sublevada podía presumir de fidelidad a la más noble y pura tradición de las Fuerzas Armadas, contra cuanto constituyó dogma político a lo largo de 40 años. Y aún había más. Ante el supuesto de que cualquier despistado lector no hubiese entendido nada,  el inefable Enguídanos volvía a las andadas:

“…Pero aquel era el único camino hacia la libre determinación de un país, que ya había manifestado sus ideales eligiendo un Presidente y un Gobierno democrático”.

Tras cuanto antecede, fácil será colegir que la facción alzada mordía el polvo. Los levantiscos acababan confinados en un campo de concentración, donde el autor rizaba el rizo:

“No dejó de llamar la atención de Atmore la alegría y despreocupación de los soldados prisioneros. Estas contrataban con el silencio colmado de preocupación de los oficiales rebeldes”.

No era para menos. La soldadesca saldría librada con un cachetito y la correspondiente admonición, más o menos como los asaltantes del Congreso madrileño en la bufonada de Tejero, que por entonces nadie podía prever. Francisco Franco gozaba de buena salud, pescaba salmones o cachalotes, y aún faltaba mucho para que todo el país permaneciese en vela siguiendo el desenlace de aquel esperpento, en la balbuciente transición. A diferencia del fallido golpe de Milán del Bosch, Tejero y Armada, ante los sublevados de Enguídanos se recortaba un horizonte más tétrico:

“- ¡Hum!. Nos fusilarán a todos. Ese Madero es muy severo, según dicen -murmuró el capitán, sin caer en la cuenta de lo que decía John”.

O nadie leyó aquel texto antes de ser enviado a la imprenta, o los encargados de hacerlo durmieron su buena siesta mientras hacían una magnífica digestión.

El caso es que entre sustos serios y alguna broma, expedientes sancionadores, amenazas de secuestro en los kioscos y ojerizas malsanas, la novela popular, como el cine, los periódicos, las emisiones de radio, el circo, el teatro, los tebeos, e incluso los estudios grabadores de discos en piedra o vinilo, tuvieron que ejercitarse en la complejísima labor de sobrevivir al disparate.

Felizmente, hoy todo esto casi se nos antoja incomprensible.

 

 

José Ignacio Corcuera