Análisis por Josep Torrell Jordana

 En 1961 no había «Punto rojo»: salió el primer número en 1962, que corrió a cargo de Silver Kane: Un solo ataúd. Entonces sólo había «Servicio Secreto», que publicaba tanto novelas policíacas como de espionaje. Había nacido en 1950 y llevaba publicadas unas quinientas novelas. De las cuales, Silver Kane había publicado poco más de veinte: a razón de cinco por año. La productividad en esa época era francamente baja: en 1958, sólo había publicado tres novelas, y en 1962 otras tres.

            La explicación era obvia: no era tan fácil escribir una novela de asesinato. No sólo había unas reglas y un suspense que había que respetar, sino que se traducía mucho de lo que se editaba fuera. Recuérdame al morir (1957) y Los muertos vuelven de noche (1958), por ejemplo, son novelas policíacas al estilo norteamericano, fáciles en su estilo pero sin nada que ver una con la otra. Cuando un autor era valorado por lo que tenían de propio sus novelas, entonces se estaba ante un maestro de la novela policíaca: Dashiell Hammett o Georges Simenon.

Los autores de «novelas de duro» no alcanzaron esa fama, pero lograron tener una prestigio entre sus lectores y un séquito de seguidores seguros que cada semana acudía a su librería para ver si había salido otra nueva. Burton Hare, Clark Carrados, Silver Kane y Marcial Lafuente Estefanía tenían seguidores fieles. Otros, no y, sin embargo, sus novelas se vendían igual.

            Es extremadamente difícil estudiar «la novela de duro» dado su pervivencia en el tiempo (más de treinta años, casi cuarenta mil títulos, solo en editorial Bruguera) y la variedad estilística de sus autores. Además, no es lo mismo Silver Kane de principios de los sesenta que el mismo Silver Kane de los setenta: ha cambiado el tiempo, ha cambiado lo que pide el lector y ha cambiado el escritor. Esta es una de las hipótesis tentativas que se puede formular leyendo algunas de las obras de principios de los principios de los sesenta (y comparándolas con la memoria que se tiene de los años setenta).

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             La primera rareza fue la forma de las novelas.

            Algunas –no todas, evidentemente— eran novelas policíacas con un suspense férreamente armado, con puntos álgidos en crescendo, iluminaciones que presagian el final, y un final desconcertante que determina quién es el asesino. Por decirlo brevemente, novelas de misterio canónicamente resueltos. Así encontré La noche tiene un secreto (publicada en mayo de 1958) y Ataúd B-4  (publicada en abril de 1962).

            La noche tiene un secreto parece un remedo de una pieza teatral, puesto que todo pasa en un único espacio. Hay motivos para creer que a Nadine Shelley trataran de asesinarla en su piso. Nick Janiro y varios agentes trataran de protegerla, pero entonces empiezan a pasar cosas extrañas en el piso vecino y a aparecer personas conocidas y desconocidas en el propio.

La duración de una novela es hasta el amanecer, y durante las horas de la noche se van sucediendo cosas extrañas, aumentando el suspense a medida que se acerca al amanecer. Hay algún guiño al lector, como una referencia clarísima a Edgar Allan Poe, que pone una advertencia respecto a que quizás el asesino no sea quién sospecháramos. De hecho, ni la victima será la que estaba protegiendo la policía ni el asesino había de venir del exterior. Hasta el final no desfallece el suspense.

La identidad de tiempo y espacio hace que Silver Kane tenga que ser muy cuidadoso con sus episodios, que no pueden tener su origen fuera del piso. El resultado, siempre sospechando si no será una pieza teatral norteamericana llevada al cine, es una novela de intriga que se lee con gran interés hasta la última página. Al acabarla, quizás más de uno se formuló el interrogante de si para una novelita de duro hacía falta una estructura de guión tan trabada.

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La segunda rareza es Ataúd B-4. Empieza con una humorada: cosas de la autorreflexión. El personaje Silver Kane –que ya protagonizara también Recuérdame al morir, aparecida en 1957— se da cuenta que el ataúd B-4 pesa el doble de lo que debiera pesar.

Entonces se suceden una serie de hechos que, en principio, no tienen ninguna relación entre sí: sale de la prisión Betty Taylor, asesina de una niña, a la que espera un coche para recogerla; Norma Tucson y Nick («un guapo muchacho, pero bastante estúpido»),  la compañera de piso y el novio de Mónica, descubren que ésta ha sido secuestrada; el teniente Sullivan monta guardia con toda la crema de la metropolitana de Nueva York en torno a la escuela Madison, en cuyo interior el fiscal Morrison escondió un informe sobre las actividades de los traficantes de drogas antes de ser abatido a tiros por los hombres del rackett; y finalmente, Butler, jefe de los traficantes, que encarga a Betty Taylor que secuestre a una niña del colegio que vigila la policía.

            Con estos actos inconexos, han transcurrido siete apartados (de los dieciséis en que se divide la novela): más de media novela. No hemos asistido a una introducción, sino a cinco (contando la de Silver Kane, en una capilla anabaptista, en un descampado de Harlem). El lector, deseoso de saber qué pasará, sigue con creciente interés lo que sucede, sin ver que con cuatro introducciones la escritura de Silver Kane le ha llevado más allá de la mitad de la novela. El nudo y el desenlace, entonces, se desarrollan a una velocidad increíble: el nudo, en cinco apartados; y el desenlace, en cuatro.

En Ataúd B-4, hay dos personajes que resultan tener una personalidad fingida, con la particularidad, bastante notable, que esta vez son mujeres: una sorpresa para el lector, acostumbrado –en las del oeste— que esta sea una prerrogativa del bueno. Pero tampoco se dan demasiadas explicaciones: Betty trabaja para la oficina del distrito, y Norma es su ayudante.

En la novela se cita, en cambio, el pasado de Norma, cuando estuvo en el ghetto de Varsovia y vio morir atrozmente a detenidos de los nazis: «a los de la Gestapo no les importaba destrozar a una niña de diez años. Tenían incluso perros amaestrados que se dedicaban sólo a eso. Delante mío devoraron a una muchacha, intentando hacerla hablar» (pág. 77). Es decir: una víctima del holocausto  nazi como protagonista de una novela (y, esto, en 1962.)

El lector, fascinado por la introducción, en la que las muchachas no son lo que parecen y nadie se asemeja a un protagonista medianamente aceptable (es decir: masculino, claro), se sitúa a más de la mitad de la novela, sin apercibirse de nada. Después, todo se precipita. Al final, uno tiene la sensación de que la novela se ha quedado corta, de que quizá hubiera podido dar más de sí… sin darse cuenta de la estructura de la novela, que impulsa poderosamente este sentimiento.

La novela empieza por escenarios típicos de la novela policíaca de aquellos años: un depósito de cadáveres; una cárcel; una capilla de los anabaptistas; un Museo Arqueológica de Harlem (!); una sospechosa pensión para estudiantes, desde la que contempla Hoboken, el puerto de Nueva York; una lujosa torre en Long Beach y, como contraste, una escuela (donde, sin embargo, habrá su ración de muertos). Algunos de los escenarios de Ataúd B-4 recuerdan poderosamente los de las novelas de Chester Himes, que eran novedosas para la novela policíaca.

Por supuesto, hay incongruencias. Por ejemplo, para hacer creer que Betty es malvada: pero estas se descubren en una segunda lectura… que nadie hacia, porque ésta era una de las condiciones básicas: leer y olvidar (como el programa doble semanal de los cines).

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Por supuesto, no todas las novelas de «Servicio Secreto» y de «Punto Rojo» de aquellos años son tan canónicamente trabajadas como éstas. Sin embargo, estás existen. Esto cambiará con tiempo. Si las novelas publicadas en «Servicio Secreto» eran tres en 1961, en 1971 eran nueve. En «Punto Rojo», en 1971, se publicaron once. En total, veinte novelas suponían una productividad envidiable.  Por otra parte, el público había cambiado: había más desconfianza hacia la policía como institución y esto afectaba a cómo debían ser las novelas policíacas.

La última de las novelas policíacas de Silver Kane –por así escribir, a la vieja manera— es Huellas en la arena (publicada en diciembre de 1968). Algunos ejemplos posteriores, como  El hijo de la loba (1970) o El asesino de las doce en punto (1971), contienen un punto que anuncia ya las novelas de terror. A comienzos de los años setenta, las novelas policíacas eran un poco de crimen, algo de aventuras, bastante de truculencia y un filo muy vago de suspense. Dos ejemplos de lo estoy diciendo podrían ser El demonio en el cerebro (publicada en mayo de 1969) y, sobre todo, Veinte mil años para morir (publicada en agosto de 1971). Los lectores eran otros y, sin embargo, seguían habiendo un sequito de seguidores, igual que en los principios de los años sesenta.

Estos cambios son significativos, y avalan el interrogante de si todas las novelas de duro –de Silver Kane pero también de otros— estaban ligadas (por lo menos las policíacas) a su tiempo de forma tan univoca y directa.

Pero aquí hay que frenar: Silver Kane ha escrito más de mil cien novelas (y ha re-hecho algunas más). ¿Se puede tomar dos novelas para tratar de sacar conclusiones? ¿Se puede?

Imágenes – Gentileza de Francisco Reina Carrasco (nuestro querido Pulpo Paul de TodoColección)