La serie Baby en Acción de Lou Carrigan publicó cien volúmens en Bruguera.
En la página adjunta se presentan las imágenes de todas las portadas de la serie
Durante los años 60 del pasado siglo, el inmovilismo característico del régimen franquista no pudo soslayar la realidad de una juventud con ganas de cambio, siquiera fuese en lo estético. Desde Estados Unidos, Inglaterra y Francia llegaban corrientes de rebeldía. Músicas estridentes, pelos largos, atavío rompedor, modales desinhibidos y fractura generacional, fueron sus estandartes más visibles. Para luchar contra aquella corriente, los ideólogos del régimen agitaron a conciencia su coctelera propagandista. Había que desarmar la nueva moda, ridiculizarla, reducirla a la marginalidad. Y en esa labor también participaría la novela popular, aunque con cierta tibieza. No en vano, buena parte de sus consumidores, por elementales razones de edad, podían sentirse próximos los movimientos juveniles. Probablemente en las cúpulas editaras pensaran que su cuenta de resultados peligraba si pisaban a fondo. Y puesto que poderoso caballero es y ha sido siempre Don Dinero, alguno hasta concluyó buscando réditos entre “melenudos”, “ye-yés”, hippies de salón comedor y devotos de los nuevos ritmos.
En la página adjunta presentaremos un más exhaustivo análisis del tema realizado por José Corcuera
En las colecciones de bolsilibros con temática del oeste americano, Bruguera publicó algo menos de 21.500 números (se dice fácil). De ellos, más de la tercera parte perteneció a la firma de Marcial Lafuente Estefanía. Se desprende de ello, la amplia aceptación que tuvo su estilo dentro de los lectores y que aún se mantiene. Se podrá discutir si es el mejor o el peor escritor de bolsilibros del oeste, pero nadie nunca se ha acercado a su popularidad y preferencia.
Si “Vox populi, Vox Dei” entonces Estefanía sería el mejor de todos.
En la página adjunta se expone la lista de las obras que fueron publicadas en esta colección que comenzó publicando primeras ediciones y luego cayó en la desordenada vorágine de desprolijidades de Bruguera en sus últimos años.
Una colección legendaria para un Oeste de leyenda
Si bien no podemos considerar esta colección dentro de los “clásicos” Bolsilibros; encajan perfectamente dentro de la clasificación. Por su formato de edición y por ser obras de los mismos autores que se ganaban el pan con el sudor de sus neuronas – y de sus dedos – en las otras colecciones de Bruguera, también pertenecen a la ilustre familia de los Bolsilibros
Esta colección acompañó a otras cuatro; también de contenido erótico; en los inicios del “destape español”. Se inició a principios de 1978 y duró apenas 42 números hasta octubre del mismo año
Sexy thriller; en especial, presentaba obras de muy marcado sabor policíaco aderezado con mucha violencia y unas pizcas de escenas de contenido erótico. El resultado final no fue ni mejor ni peor que otras obras “aptas para todo público”. Visto con la perspectiva de los años, su erotismo era bastante ingenuo, liso y llano, sin mayores análisis sicológicos o sociológicos.
Cumplieron su etapa y… allí están… en el recuerdo de cada uno de nosotros.
En la página adjunta aparece el listado de las obras aparecidas
Esta novela fue escrita por Francisco González Ledesma y publicada con su seudónimo más conocido Silver Kane, en mayo de 1967 y le correspondió en número 265 de la colección Punto Rojo. Las obras publicadas en este período no son fáciles de conseguir pero gracias a Francisco Reina Carrasco; nuestro muy apreciado PulpoPaul de www.Todocoleccion.net ; que es forofo de Silver Kane; pudimos conocer minimamente la imagen de la portada.
Lamento no poder ofrecer más por el momento. Esta entrada es para Carlos que manifestó tener una enorme nostalgia de esta obra.
Con los 70′ comenzó, mejor dicho, se acentuó la crisis en el mercado bolsilibresco y el sector que primero fue herido de muerte fué el de los bolsilibros femeninos. Ya en 1970-71 se dejaron de publicar las “grandes” colecciones femeninas. Pimpinela, Madreperla, Alondra y Camelia en las que participaban en forma indistinta todos los autores que Bruguera tenía en su nómina. Las colecciones dedicadas a determinado autor aún sobrevievieron pocos años más; Rosaura hasta 1972 y Amapola hasta 1973 eran de las antigüas colecciones que ahora publicaban obras sólo de María Teresa Sesé. Analizando estas circunstancias – y otras – daría la sensación que los autores se habían quedado sin argumentos. Asi es que aparece este curioso llamado:
La realidad era que ante la caída de ventas de estos autores, por causas múltiples, se intentó dar una nueva vida y color a este sector con nuevas colecciones y triquiñuelas diversas. ninguna de estas colecciones cumplió un rol destacado dentro de las publicaciones de la editorial. Fueron acogidas con indiferencia y así terminaron, inadvertidamente Aparecieron solo 12 números en los meses de Marzo y Abril de 1972. Como acotación aparte; podríamos inferir que la vida real española de aquel Marzo – Abril de 1972 era de dos rombos. No era apta para personas que no estuvieran formadas.
En la página adjunta presentaremos la lista de los bolsilibros publicados
Entre las pequeñas colecciones de bolsilibros que editó Bruguera encontramos la Colección Novela Horóscopo. Contó con dos series de 12 números cada una. Cada número pretendía relatar una historia en la que su protagonista femenina presentara las características que “un estudio caracteriológico” determinara para cada signo zoodíaco. Los primeros doce números fueron de Octubre de 1971 y la segunda serie fue de Setiembre de 1972. Los pocos volúmenes publicados; dos por cada signo – uno en cada serie -; parecen indicar que no fue una colección muy exitosa.
En la página adjunta se presentará la lista de volúmenes publicados, con algunas imágenes de portadas que fueron, por lo menos, novedosas en su diseño.
El reconocimiento de un autor muchas veces se debe a la ingente producción y no necesariamente a la calidad. Otros autores produjeron obras de gran valor literario y no obtuvieron el recuerdo de los lectores porque su nombre no se vio repetido todas las semanas a lo largo de los años en las portadas de los bolsilibros que aparecían. Jorge Gubern Ribalta fue uno de esos autores que, habiendo conocido la fama, fue cayendo en el olvido. Creo que se debió a su abandono temprano de la creación literaria, para dedicarse a tareas gerenciales en Bruguera.
En la página adjunta nos acercaremos a la obra de un autor que merece ser reivindicado porque todo lo que firmó – con diversos seudónimos – es de altísima calidad.
Como veréis la estética de las portadas varió mucho con el correr de los años. Las imágenes arriba expuestas son ejemplos de las portadas de los últimos estertores de las populares colecciones de bolsilibros de Bruguera, allá por Junio de 1986.
(Debes hacer Click en el Link Portadas para acceder al album de Picassa donde están radicadas imágenes de las portadas de varios bolsilibros)
Por ahora están puestas en forma indiscriminada, mezclados todos los géneros.
Continuando con el estudio de la época de oro de la novela popular española, ambiente en el que germinaron, crecieron y murieron los bolsilibros de Bruguera; en esta oportunidad se analizará la incidencia fundamental que tuvo una herramientas destacada con que contó el franquismo para afianzarse en el poder, el organismo censor, omnipresente y contumaz. Cuanto se escribía, veía o escuchaba desde o a través de cualquier medio de difusión, quedaba sometido a su vigilancia, contribuyendo, como es lógico, a la conformación de un pensamiento uniforme, si no laudatorio para el régimen, al menos ni por asomo discrepante o lesivo. La página adjunta pretende acercarse al fenómeno, revisando algunos disparates de aquellos oscuros funcionarios, así como las sombras que cernieron sobre la literatura de kiosco. Igualmente nos permitirá entender la influencia ejercida sobre sus autores, y las fórmulas, muy ingeniosas a veces, de que se valieron para contemporizar con aquel peligroso morlaco, al que algunos no dudaron torear.
En la página adjunta presentamos una radiografía de esta obra, donde podremos conocer datos históricos y geográficos en los que se sustenta la obra. A veces leemos un bolsilibro sin tomar en cuenta (ó darle importancia) al trabajo subyacente que realizó el autor al diagramar el argumento anecdótico. Miguel Luis Dupaus Margiotta desmenuza la obra y saca sus propias conclusiones
Tenemos la fortuna de seguir disfrutando de la producción literaria de este gigante de la novela popular. Son 56 años de su presencia, de disfrutar calidos momentos y transportarnos a mundos de aventuras. Esta es su última obra publicada
«Las oscuras nostalgias» (Multieditors de Promociones S. L. Colección Death Club), un thriller policíaco protagonizado por un viejo inspector nacido en Benavente, en el que se rinde homenaje a su ciudad adoptiva, Benavente, y especialmente a su esposa Tere, a quien dedica un libro «por el que tenía predilección» y que nunca vio publicado.
«Las oscuras nostalgias» narra la historia de un viejo crimen cometido en Barcelona e investigado por el inspector de policía César Velasco, a quien siempre le asaltaron dudas sobre la autoría y sobre su resolución. Nuevos incidentes obligan a reabrir el caso y el viejo policía de origen benaventano «fuera del ámbito oficial y con las espaldas encorvadas, está dispuesto a descubrir la verdad cueste lo que cueste y caiga quien caiga».
Ambientando en la Barcelona que tan bien conoce Curtis Garland, «Las oscuras nostalgias» es también un guiño al cine negro. Sobre una hoja de periódico con anuncios época, Juan Gallardo ha diseñado una portada con los carteles cinematográficos de aquellas películas y una fotografía de su esposa.
Curtis Garland dedica «Las oscuras nostalgias» a cuantos «me han animado a que revisara y publicara esta novela, olvidada en un cajón durante varios años. A Gabriel, Javier, Frank Caudett, y María José Llorens, Carlos, Robert y otros, todos ellos entrañables amigos. A mi hija Mercedes que me alentó también a hacerlo. Y, sobre todo, a la memoria de mi inolvidable esposa Tere, que me dejó para siempre hace ya tres años y que en todo momento me pidió que intentase publicar esta obra, que fue desde el principio su favorita. En vida, siempre le prometí que lo haría, y no pude cumplirlo», dice la dedicatoria.
En la página de este blog “Curtis Garland, vida y obra” se hace una aproximación; en una breve biografía, a quién es Juan Gallardo Muñoz y se presenta un listado con los bolsilibros que se han determinado que publicó en Bruguera. (es de dominio de los interesados en el tema que en otras editoriales publicó casi la misma cantidad de obras.)
Sabemos que la historia y muchos de quienes disfrutamos y admiramos su obra lo pondrán en el sitio que merece. Junto a los grandes escritores que en este mundo han sido.
Gracias una vez más
Nicolás Solvanin
Muchos analistas de la literatura española han afirmado muy a la ligera que la novela “rosa”, femenina o del corazón forjó una sociedad cerrada y estereotipada con valores inamovibles. Demuestran, indudablemente, que no han analizado a fondo la novela popular y por ello no son capaces de discernir que con valores del siglo XXI no se puede juzgar lo que se escribía 40 años atrás. El mundo era distinto. La colección Mujeres marcadas mostró que la tendencia hacia el cambio que irreversiblemente venía dándose en la sociedad también estaba reflejada en esta literatura. La mujer adquiere una relevancia mucho mayor, tiene mucha más libertad y capacidad de decisión que antes no tenía. Las obras que se presentan aquí son más cercanas a la realidad cotidiana, ya no existen condes, duques y grandes señores, tampoco ingenuas jovencitas que sueñan tras una reja con un príncipe azul que las salve de la monotonía diaria. Ahora son seres de carne y hueso que trabajan para sobrevivir y que les ocurren cosas como a todos los demás mortales. Madres solteras, relaciones extramatrimoniales y pre maritales. Esta realidad ya se comenzaba a mostrar en los setenta y mucho más acentuada en los ochenta. El sistema político que quiso imponer un modelo de mujer perdió ante la fuerza avasalladora de la realidad y estas Mujeres Marcadas son prueba de ello
En la página homonima presentamos el listado de las obras publicadas en esta colección que tuvo una corta vida, solo 360 números desde Abril de 1970 a Julio de 1977
No dejan de resultar curiosos los diversos ropajes con que muchas veces se vestía al amor, precisamente en novelas definidas como románticas. Y es que el romanticismo convencional a menudo estaba en el polo opuesto de cuanto sentían no pocas protagonistas.
El personaje central de “No quiero tu compasión”, publicada por Trini de Figueroa en Ed. Bruguera el año 1948, confunde el amor con una abnegación sumisa, casi de monja, hacia su señor enfermo. Y ello por más que éste posea un carácter muy rudo:
“Aquella noche, Maira lloró y rezó mucho. Se daba cuenta de que, sanase o no, ella nunca representaría nada en la vida del señor de Hilbron. Y lo peor era que los intensos días vividos, en los que espontáneamente estuvo dispuesta a consagrar su juventud al cuidado de un pobre enfermo, habían creado un mundo nuevo en su corazón, llenándolo de ansias desconocidas hasta entonces. Lo echaba de menos. Necesitaba a Wilhhelm, aunque sólo fuese para oírle palabras duras.
Ahora él se había ido, y esta nueva soledad pesaba en su ánimo como una terrible losa”.
Al fin y al cabo, la mujer estaba en el mundo para servir, para ser complemento del hombre, si hemos de hacer caso al manual de Formación Político-Social destinado al primer curso de Bachillerato, impreso por la Sección Femenina en 1962: “A través de toda la vida, la misión de la mujer es servir, Cuando Dios hizo el primer hombre, pensó: “No es bueno que el hombre esté solo”. Y formó a la mujer, para su ayuda y compañía, y para que sirviera de madre. La primera idea de dios fue “el hombre”. Pensó en la mujer después, como un complemento necesario, esto es, como algo útil”.
De manera que una vez puesta a servir y sacrificarse, los autores de novela romántica parecieron haber hallado un filón. “Herminia la solterona”, de Luis Elías, Ed. Toray 1950, inicia así su acción, con un capítulo titulado Una mujer feliz:
“El verdadero secreto de la felicidad
consiste en exigirse mucho de uno mismo
y muy poco de los demás.
Herminia Romero no conocía esta máxima, pero su vida era un fiel reflejo de ella.
Por esto era una mujer feliz.”
Feliz o no, se trataba de una mujer abnegada hasta el exceso, como bien pronto aclararía el autor:
“Herminia era hija única. Su madre murió al venir ella al mundo. El padre de Herminia, don Teodoro Romero, era fundador y propietario del bazar “La Flor de Mayo”, la más importante y acreditada tienda de Villamor, delicioso pueblecito del Levante español.
Don Teodoro tenía ya sus sesenta años. Era bueno como el pan, pero tenía un carácter tan endiablado que nadie podía con él… Sólo Herminia lo dominaba a su antojo y hacía de él cuanto quería. En realidad, la que llevaba el negocio, la que se encargaba de recibir a los viajantes, la que efectuaba todas las compras, marcaba los precios, cobraba, pagaba y llevaba la contabilidad del pequeño negocio era Herminia”.
Semejante vida abnegada debía plasmarse en un amor no menos abnegado, aunque el objeto de sus anhelos fuese un canalla capaz de rondarla sólo por divertimento, añadiendo, así, una nueva conquista a su amplio currículum:
“Es raro -pensaba Alberto al salir de “La Flor de Mayo”, obsesionado por una idea fija-. En ninguna de las mujeres que he tratado encontré tanta sinceridad, tanta pasión… Nunca conocí mujer alguna tan ingenua… tan confiada… ¡tan buena!… ¿Por qué no se habrá casado Herminia?.
Y una voz sobrenatural, una voz que provenía del cielo y de la tierra, de los árboles y de las piedras, de las casas y de las montañas, en una palabra, de todas partes, penetró en lo más recóndito de su corazón para decirle:
Porque te quiere. Porque su destino, bueno o malo, eres tú… Y óyeme bien, Alberto: te quiere…¡como nadie más podrá quererte en este mundo!”.
El propio autor sentenciaba al final de un capítulo:
“¡Triste primer amor el de la incauta solterona, que entregó, sin condiciones, su virginal corazón en manos del hombre que había de romperlo en mil pedazos!”.
Pero tanta entrega debía tener premio. El calavera ventajista recapacitaba, acababa pidiendo perdón, avergonzado, y la solterona, magnánima, pese a haber sido pasto de mil chismorreos en el pueblo, enamorada hasta el tuétano, se tragaba cualquier atisbo de orgullo:
“ Herminia se sentía envuelta, acariciada por el sol de la felicidad. Quería decirle muchas cosas a su Alberto, muchas… Tantas, que las condensó en tres maravillosas palabras:
-¡Gracias, Dios mío!…
Y con sus finas y delicadas manos acariciaba la cabeza de aquel hombre que, arrepentido, no cesaba de murmurar:
-¡Perdón, Herminia… ¡Perdón!”.
Abnegación y renuncia, esta vez masculina, vuelven a ser los valores ensalzados por Paz de Castilla en “Las flechas de la esfinge”, Ed. Pueyo, 1947. Si bien el párrafo resulta largo e indigesto de puro cursi, precisamente por esto último se antoja antológico:
“- ¿Tanto me quieres, Margot?.
- Sí. Huérfana de afectos, mi corazón tenía hambre de cariño, y llegaste tú en un momento crítico de abatimiento, en que más sola me sentía, acechada por el peligro y la incertidumbre. Y nuestra simpatía surgió espontánea, sincera, y de ella brotó el amor… Yo no sé a ciencia cierta si tu me quieres; no me lo has dicho, pero lo he presentido. Algo sutil y silencioso flota en torno mío: tus miradas, tus silencios, tus personalísimos rasgos, que delatan siempre la firmeza de tu carácter y la fogosidad de tu alma. Ahora digo: ¿Me equivoqué?.
- No, no te has equivocado, Margot. Desde el primer momento te posesionaste de mí. Jamás mujer alguna ha sido amada y respetada con tanta intensidad, con tanta devoción. Me creía tibio y positivo. Nunca pensé que pudiera sentir esta dulce inquietud que me domina. Tú eres mi obsesión. Sin ti iré sonámbulo por la vida, no tendré paz. Porque posees, y hubiera hallado en ti, todo lo que un hombre como yo necesita y espera de una mujer. ¡Y tengo que renunciar!.
- ¿Renunciar a mí, por qué?.
- Porque existe algo tan sagrado para mí, que derrota mi natural y noble egoísmo por la perfecta felicidad que alcanzaría junto a ti: el deber fraternal. Mi hermano, que también te adora, y que sucumbiría ante el duro golpe de verte unido a mí. Él es débil; su salud precaria. Alfonso debe vivir.
- ¿Y tú?.
- Yo destruyo mi vida sentimental. Pero soy joven, soy fuerte; tengo mi energía, mi voluntad. Podré luchar y triunfar en otros aspectos de la vida, que hagan menos amarga mi cruz. Él no. Tú eres su única redención. Si ahora te perdiera, moriría. Su sensibilidad de enfermo no resistiría”.
Cabe preguntarse en qué fuente inspiradora habría bebido Paz de Castilla, para escribir algo así. ¿En las del Siglo de Oro?. Más parece que en el de plomo.
Otro ejemplo de mujer sufriente. Novela editada en 1951, con portada del gran Emilio Freixas.
Igualmente en “El último eslabón”, de Desabel, Ed. Bruguera 1958, el amor aparece envuelto en abnegación y sacrificio, y hasta se diría surgido por inspiración divina:
“Sintió que las sienes le zumbaban y durante unos momentos se quedó desconcertada al darse cuenta de la realidad. ¡Enamorada de César!. ¿Desde cuándo?. No tenía ni idea. No podía precisar ni concretar nada. Sólo sabía que aquel sentimiento se había adueñado por completo de ella. Quizás había brotado pujante, anegándola, cuando César le mostró su mano derecha, con los dedos curvados hacia abajo. O quizás lo supo siempre. ¿Pero Orduño?. ¿No era algo vacío, que ya no le hacía experimentar sensación alguna?. Jamás le había inspirado el guapo campeón de natación esto tan maravilloso que sentía ahora hacia César. Se sabía capaz de cualquier sacrificio por él. De cualquier renuncia. De consagrarle su vida entera. De ayudarlo a soportar el fracaso de su mano casi inútil”.
Está claro que por esos años amar equivalía a renunciar. Y no sólo en las tramas de novelas “rosas”. El canónigo Enciso lo había dejado muy claro en su manual para jóvenes titulado “La muchacha en el noviazgo”: “Ya lo sabes; cuando estés casada, jamás te enfrentarás con él, ni opondrás a su genio tu genio, y a su intransigencia la tuya. Cuando él se enfade, callarás; cuando grite, bajarás la cabeza sin replicar; cuando exija, cederás, a no ser que tu conciencia cristiana te lo impida. En este caso no cederás, pero tampoco te opondrás directamente: esquivarás el golpe, te harás a un lado y dejarás que pase el tiempo. Soportar, ésta es la fórmula… Amar es soportar”. Y por si una sola fuente no bastara para saciar la sed, ante la eventualidad de que las novias españolas necesitaran una segunda opinión, el padre Saturnino Junquera también entregó la suya a las rotativas, envuelta, eso sí, en un estilo más carpetobetónico: “Al poco tiempo de la boda surgen lo que son los defectos, acaso muy grandes, y, para colmo de desdichas, con gustos e inclinaciones muy diferentes. A pesar de todos estos defectos y todas estas repugnancias, tienen que vivir juntos hasta la muerte, y tienen que soportarse, y tienen que amarse, aunque no lo sientan”.
Si cuantos un día creyeron estar enamorados tenía que seguir soportándose y amándose, aunque no lo sintieran -lo que encerraba expresa renuncia a cualquier ribete de felicidad-, apartarse, esconderse al paso del amor, casi se antojaba tarea sencilla. Sobre todo si renunciando a él se evitaban sufrimientos a la familia. La rebeldía era pecado mortal, aparte de ofensa en la mujer surgida de la Cruzada, según recogía “Medina”, órgano falangista de la Sección Femenina, el 12 de julio de 1942: “Nuestras armas son comprensión y amor, el amor que no rehuya el propio sacrificio, pero que exige de los demás el cumplimiento de deberes. No el cariño romántico y mal entendido, sino el verdadero, el fuerte y recto, que no nace del orgullo ni de la posesión; el que renuncia sin titubeos a lo egoísta, porque no da más el que más tiene, sino el que inclina la propia voluntad si esto beneficia a otros”. Por eso, sin duda, la protagonista de María del Carmen Rey en “Almas opuestas”, Ed. Bruguera 1955, se expresaba así:
“- Tía Magda, amo a Pablo con toda mi alma. Le he querido toda mi vida, desde que era una chiquilla y él empezaba a ser un hombre. Pero óyeme, tía Magda, si este amor nuestro no es de tu agrado, dímelo con sinceridad, que yo aún retorciendo mi alma sabré renunciar a él. Has consagrado a tu hijo lo mejor de tu vida cuando aún podías aspirar a una nueva felicidad y justo es que él, que yo, sacrifiquemos este amor”.
Franco y su ejército, la Falange, los obispos… Juntos, brazo en alto, tejieron mordazas y aplicaron sordinas. La mujer sometida al varón, éste al régimen de forma ineludible y explícita, y todos, incluido el propio régimen, bajo el peso del nacionalcatolicismo.
A veces, amar también podía ser pura y simple obligación de mujer cristiana. No es que se quiera al esposo por haber sido el primero, conforme él llega a considerar pasando por alto que semejante logro pudiera ser sólo cuestión de oportunidad, en tanto aceptar al último implicaba elección. Nada de eso. La protagonista de Corín Tellado en “Milady y los hombres”, Ed. Bruguera, 1960, quiere y es feliz a su manera, por mandato canónico:
“- Ya te he dicho que detesto esas fiestas. No quiero ser el blanco de todas las miradas. El nuevo lord encumbrado por la simpática Liz. No, María Beatriz, no cuentes conmigo.
Liz, hundida en una butaca, se estremecía de indignación. César paseaba la alcoba de un lado a otro, como fiera enjaulada.
- No seas testarudo, César. Esto es para ti y para mí como un purgante, pero tenemos que tomarlo queramos o no.
- No soy hombre de sociedad, Liz -dijo más calmado, yendo a su lado y sentándose en un cojín a sus pies.
Liz tomó el rostro masculino entre sus manos y lo puso con dulzura en su regazo.
- Cariño… por mí.
- ¿Y qué haces tú por mí?.
- Dios mío, ¿y me preguntas tú, tú, qué hago yo por ti?.
- Sí, te lo pregunto.
- Te doy toda mi vida.
- ¡Toda tu vida!.
- Sí, pero tú no sabes apreciarla.
- ¿Cómo he de hacer, entonces?.
- No lo sé. Quisiera que fueses de otro modo, y otras veces no te querría si no fueras como eres. Pero es duro, duro, estar junto a un hombre, dárselo todo y no saber por qué lo dan ni por qué te lo toman.
- ¿Tú no lo sabes?.
- Yo no, César. Vivo a tu lado, soy feliz junto a ti…
- ¿Eres feliz?.
La joven cerró los ojos y juntó su cara con la de César.
Como quiera que seas, sí, soy feliz junto a ti.
- Porque soy el primer hombre.
- Porque eres mi marido y yo soy una mujer cristiana”.
No es de extrañar, vistos los antecedentes, que en la página 74 de “Champán para dos”, Ed. Bruguera, 1954, se describa al amor como un auténtico incordio:
“¿Acaso quiso ella enamorarse?. ¿Acaso pudo desear traer tal complicación a su vida, ya poco feliz?. ¿Por qué entonces tenía que suceder así, si no lo deseaba, si sentíase profundamente desgraciada con este sentimiento que sólo dolores le traía?”.
Claro que al fin y al cabo, como paso inexcusable hacia el sacrosanto matrimonio, el amor nunca dejaba de ser cosa seria. Todavía en 1972, en tiempos de tímido aperturismo sexual desde la gran pantalla, cuando no de babeo ante las “suecas” de Benidorm y Torremolinos -estaba en plena vigencia el posteriormente denominado “landismo”-, Corín Tellado se expresaba así en “¡Si yo coqueteara!”, Ed. Bruguera:
“- Además, que con el amor no se juega: es una cosa tan sagrada como la misma honra; me refiero, claro, al verdadero amor…”
Pero lo más habitual en materia amorosa era encontrar una constante exaltación de castidades. Castidad que Trini de Figueroa hacía presente incluso en el seno de un matrimonio pactado, al redactar “Como una esfinge”, Ed. Bruguera 1949. Sobre tan folletinesca situación, el tiempo ha caído a plomo:
“Le gustaba su mujer. Ante el altar, formulando el juramento que lo unía para siempre a ella, Lionel sintió la satisfacción íntima de saber que escogía un camino hacia el cual su corazón iba a ir plenamente satisfecho. Nunca pensó seriamente en llegar a contraen matrimonio algún día, y no le pesaba el modo repentino en que, de improviso, se encontraba de lleno en él. Gretta le parecía maravillosa, única y distinta al resto de las mujeres: estaba dispuesto a quererla y hacerse querer.
- Somos marido y mujer, Gretta -díjole mucho más tarde, cuando se separaron para descansar, después de un día extraño, lleno de cortesías y amables violencias-. De algún modo tendremos que organizar la vida para el futuro; sólo quiero pedirte ahora que pongas de tu parte cuanto te sea humanamente posible a fin de que el cariño pueda llegar un día a presidir este hogar.
- ¿Y habré de… tutearle?.
- Y también intentar quererme, Gretta, como yo haré con toda mi alma. Es nuestro deber, ¿comprendes?.
Tuvo que asentir mientras la absurda timidez enmudecía sus labios.
Y luego vio transcurrir con lentitud agobiadora, una tras otra, las horas de una noche interminable. Lionel habíale rozado con cariño la mejilla; si ella no se hubiera retirado ligera, la caricia habríase extendido hasta su boca. Era peligroso: el aviso de lo que un día llegaría inexorablemente, porque Lionel no cedería sus derechos de marido, pues ambos habían prometido ante Dios ser uno para el otro.
- Es un extraño; nunca podré quererle -se dijo, asustada-. Debí decirle, al aceptar la unión, que nunca tendría derecho a…”
Pese a tan poco prometedor planteamiento, como se trataba de una novela romántica, al final surgía el amor. Pero expresado, eso sí, en una clave poética capaz de pasar la censura:
“En el palacio, que sólo albergaba amor, brotó, flotando con intensidad, el aroma exquisito e imborrable del momento sublime: el sabor ardiente de un beso; la felicidad de dos vidas jóvenes nacidas para querer”.
Tanta solicitud femenina y modestia cristiana, merecía algún premio. Por eso, puesto que se trata de una pareja casada, la autora cerraba el conflicto con una porción de fuegos artificiales:
“La besó en la boca largamente. Liz, como siempre, cerró los ojos. Y aquella noche vivió las horas amorosas más maravillosas de su vida, sin que César dijera por qué lo significaba todo en su vida”.
Catálogo amoroso, según la novela popular
La simple invocación de algunos títulos -a menudo harto explícitos- basta para clasificar distintas variedades de amor “rosa”. Sirva de ejemplo la siguiente guía: El que mira al bolsillo: “Medio millón y un piso” (Rosa Mª Aranda, 1949); “A la caza del más rico” (Francisco Ortiz Valenzuela, 1949); “50.000 dólares y… una esposa” (Ágatha Mor, 1949); “La hija de mi jefe” (Corín Tellado, 1949); “Buscando a una millonaria” (Isabel Salueña, 1950); “Quiero un millonario” (Carlos de Santander, 1953); “Amor, Sociedad Anónima” (Desabel, 1953); “Medio millón” (María Teresa Sesé, 1955); “Doncella y millonaria” (Roberto de la Mata, 1957); “Esposa a sueldo” (María Denis, 1957); “Por un piso una boda” (Isabel Salueña, 1958); “Yo quiero una millonaria” (Mercedes Muntó, 1958) “Los millones del bisabuelo” (Mercedes Muntó, 1959); “Un marido rico” (G. Colomer, 1960); “Un novio millonario” (Carlos de Santander, 1960); “Ella, él, y cinco millones” (Miguel Arazuri, 1961); “Espero un marido rico” (Corín Tellado, 1967); “Deseo un millonario” (Corín Tellado, 1959); “Mi novio el marqués” (Rosa Alcázar, 1959); “Socios para toda la vida” (Ana Marcela García, 1960). El sumiso: “El sacrificio de Magda” (Mª Adela Durango, 1943); “Penitencia de amor” (Lupe Gómez Campos, 1943); “Mi vida le pertenece” (Cristina Luján, 1948); “Te entrego mi vida” (Matilde Redón Chirona, 1949); “Sublime esclavitud” (Trini de Figueroa, 1950); “Esclava de un amor” (Corín Tellado, 1951); “Esclava de amor” (Isabel Salueña, 1954); “Cúmplase tu voluntad” (Mª del Carmen Rey, 1954); “Adorable esclavitud” y “La cautiva” (ambas de Corín Tellado, 1960); “Nacida para ti” (Carlos de Santander, 1962). El abnegado: “Heroísmo de mujer” (Francisco Ortiz Valenzuela, 1952); “Abnegación” (Luis Masota, 1953); “Renunciar a ti” (Amparo Lara, 1954); “¡Amor heroico” (Anita Serrano, 1955); “Heroína de amor” (Mª de las Nieves Grajales, 1955): “Prisionera del deber” (E. Aguilar de Rücker, 1959); “Salvaré a mi marido” (Corín Tellado 1965). El rebelde: “No seré tu esclava” (Corín Tellado, 1965); “Me ofenden tus celos” (Corín Tellado, 1967). El posesivo: “¡Serás mía!” (Luis de Luzón, 1950); “Tu vida me pertenece” (Nylhama, 1952); “¡Nadie toque esta mujer!” (Trini de Figueroa, 1953); “Me perteneces” (Carlos de Santander, 1954); “Mía porque sí” (Jesús Navarro, 1955); “Te robé para mí” (Lucila Mataix, 1957); “Vivirás para mí” (Luis Masota, 1958); “¡Mi mujer!” (Mª Pilar de Molina, 1958); “Tú eres para mí” (Corín Tellado, 1960); “Tú serás mía” (G. Colomer, 1962); “Mía a la fuerza” (Carlos de Santander, 1964); “Esta mujer es mía” (Corín Tellado, 1967). El rencoroso: “Maldita mujer hermosa” (Ángel Santacruz, 1953); “Te daré mi odio” (Carlos de Santander, 1957); “Tuviste que ser mía” (Corín Tellado, 1959); “¡Destruiré tu vida!” (Carlos de Santander, 1959); “¡Te haré llorar!” (May Carré, 1965); “Te odio por ser de otro” (Corín Tellado, 1967). El indeciso: “¡Te odio, mi amor!” (Mª del Pilar Carré, 1955); “Te quiero, farsante” (Armando Sandoval, 1963). El convencional: “Por un beso, una boda” (A. Pina de Cuadro, 1948); “Compañera eterna” (Amelia Pina de Cuadro, 1949); “Para toda la vida” (María Teresa Sesé, 1956); “Tuya para siempre” (Luis O. Pantoja, 1957); “Mi marido me apasiona” (Blanca Ríos,1958). El prepotente: “Los hombres vuelven siempre” (Mª del Pilar Carré, 1954). El cínico: “Guerra al amor” (Corín Tellado, 1950); “Te traspaso a mi mujer” (Mercedes Muntó, 1951); “Amar es sólo un verbo” (Mercedes Escalante, 1956); “Los hombres las prefieren frívolas” (Carlos de Santander, 1962); “No te enamores, muchacha” (Corín Tellado, 1964); El orgulloso. “No quiero tu compasión” (Trini de Figueroa, 1956); “Mi corazón no está en venta” (María Lar, 1961); “No soy una cualquiera” (Mª Dolores Acevedo, 1965); . Amor como expiación: “Heroína de amor” (Mª Nieves Grajales, 1949); “Sublime sacrificio” (Francisco Ortiz Valenzuela, 1951); “Bendito sacrificio” (Carlos de Santander, 1952); “Redención” (Matilde Redón Chirona, 1953); “Temple de mujer” (Mari Paz Estévez de Castro, 1953); “Sacrificio” (Nylhama, 1956); “Esclava del deber” (Corín Tellado, 1956); “Tortura de amor” (Alicia Eva de Arufe, 1958); “Renunciación” (Jesús Navarro, 1958). Amor interclasista: “Una intrusa en el gran mundo” (Mª Pilar Carré, 1947); “El cíngaro y la duquesa” (Carmenchu G. González de Mendoza, 1953); “El señorito Carlos” (María Teresa Sesé, 1958); “Ana y el chófer” (Corín Tellado, 1961); “Milord y ella” (Corín Tellado, 1969). Amor a la desesperada: “¡Búscame una novia!” (Laura Romeral, 1944); “Se precisa una esposa” (May Carré, 1948); “Compraré un marido” (Corín Tellado, 1952); “Todas queremos casarnos” (Josefina Mª Rivas”, 1952); “Prisionero en sus redes” (Corín Tellado, 1953); “Prometido a sueldo” (Alicia Larrendi, 1954); “Queremos novio, San Antonio” (Miryam Ledor, 1958); “Marido a la fuerza” (María Morgan, 1959); “Pescando marido” (Carlos de Santander, 1963). Amor triangular: “Un marido para dos” (Amaya Elola, 1946); “Cuatro hermanas le quisieron” y “Noviazgo de tres” (ambas de M. J. Chiampos, 1949); “El novio de la novia de papá” (Mercedes Muntó, 1950); “La mujer de mi amigo” (Corín Tellado, 1954); “La novia de mi hermano” y “El marido de Laura” (ambas de Corín Tellado, 1957); “Él y el otro” (Corín Tellado, 1960); “Papá y su novia” (Corín Tellado, 1964); “Me lo presentó mi novio” (Corín Tellado, 1965); “A ti te quiero más” y “Te prefiero a ti” (ambas de Corín Tellado, 1966); Amor mendigo: “Limosna de amor” (Pilar Boney, 1946); “Déjame adorarte, emperatriz” (Trini de Figueroa, 1954); “Déjame quererte” (Corín Tellado, 1966). El viajero: “Violetas en París” (Leonor de Carrizales, 1946); “Un idilio en Japón” (Águeda de Vianney, 1949); “Escala en el Pacífico” (Desabel, 1950); “Vacaciones en México” (Mari Paz Estévez de Castro, 1955); “Escala en Barajas” (Amparo Lara, 1960); “El corazón hace turismo” (Vicky Doran, 1965). El cursi. “Ojitos de cielo” (Mauricio de Argensola, 1951); “Para que tú pises flores” (Valentina del Barco, 1961); “La vida es cuento” (Valentina del Barco, 1966); Y aún podría añadirse algún subgrupo más. Como el incongruente: “Esposa por testamento” (Primavera J. Flores, 1948); el atormentado: “Yo he sido tanguista” (Ivonne Bourget, 1950); “Mi pecado” (Vicenta Nalda Calabozo, 1953); “El precio del pecado” (Águeda de Vianney, 1955); “Pecado” (Amelia Pina de Cuadro, 1955). el despistado: “Te amo y no sé quién eres” (Lía Ramos, 1949); el trascendente: “Lo que en el cielo está escrito” (Carol Rodi, 1961); o el aventurero: “Una aventura en China” (L. Acero Nuevo, 1949); “Espionaje en una luna de miel” (Amaya Elola, 1955) e “Intriga en Roma” (Mari Carmen Martiló, 1962). Desde luego, había para escoger.
Amor y dinero, o si se prefiere los idilios por interés, constituyeron siempre ingredientes fundamentales del género. En 1955 Sergio Duval justificaba toda su trama con el título.
Y eso que en las novelas “rosas” también florecía el matrimonio por interés. Aunque pegado, como no podía ser menos, a la correspondiente moraleja. Corín Tellado fue capaz de sintetizarlo todo en dos párrafos al escribir “Boda clandestina”, Ed. Bruguera, enero de 1955:
“- Si tanto te asusta la miseria, no malgastes tu tiempo en conquistar a ese pelado ingeniero; no tiene un dólar y es preciso dejes de pensar en el presente, señalándote tú misma un porvenir más brillante. Pronto tendremos aquí a la colonia veraniega; en ella hallarás hombres ricos, con posición y de mundo. Así me casé yo con el padre de Ketty.
- Quiero a Joe, mamá.
La dama la miró duramente.
- ¡Un ingeniero industrial! -desdeñó-. Has de ser muy feliz sin un cuarto.
- Me importa muy poco el dinero, si me hace su esposa. Tiene un buen sueldo y creo es más que suficiente.
Irma dio media vuelta, saliendo de la estancia. En el fondo le satisfacía el modo de pensar de su hija. Ella se había casado por ambición, y había de reconocer, si es que deseaba ser sincera consigo misma, la escasa felicidad paladeada en su segundo matrimonio”.
La cita da también para otro tipo de reflexión. ¿Un ingeniero industrial poca cosa?. ¿En 1955?. Está claro que la autora asturiana provocaba deliberadamente, porque durante esos años un ingeniero era pieza codiciada en los Estados Unidos, Abisinia o el Congo Belga, por no hablar de España.
En 1955 la eficaz María Adela Durango quiso ponerlo difícil. Por supuesto, en la boda hubo novio.
A su compañera y competidora Ana Marcela García le llevaría casi toda la novela titulada “Champán para dos”, Ed. Bruguera, 1954, desarrollar una situación parecida:
“-¡Nunca daré mi consentimiento para esa boda, Paulina!. ¡Nunca!.
- Pero abuela…
- ¡He dicho que no y basta!. Te casarás con Bernardo. Es tu primo y te quiere. Y sobre todo, se cumple con ello mi mayor anhelo: la unión de mis dos nietos y el deseo de que la fortuna de los Urquiza no salga de la familia.
Las últimas palabras hicieron que la muchacha se rebelase abiertamente.
- ¡Eso es lo único que importa a Bernardo!. ¡Mi fortuna!.
- La mía, querida -cortó ácidamente la dama.
En cualquier otra ocasión, Paulina se hubiera limitado a callar. No pudo hacerlo ahora. Tal vez porque le iba mucho en la discusión. Tal vez por comprender que algún día habría de enfrentarse valientemente con su irascible abuela.
- Tengo entendido que mi padre me dejó un capital que no depende de ti.
Adelaida Urquiza volvióse a mirarla con el rostro enrojecido por la cólera.
- Eres impertinente y rebelde -silabeó-. Dos bellas cualidades heredadas de tu madre.
La carita de la joven se tensó violentamente.
- Prefiero que no hablemos de mi madre, abuela. Lamentaría tener que faltarte al respeto.
- ¡Insolente!. ¡Ni siquiera imagino cómo mi nieto puede quererte!.
- Yo sí -ironizó-. A tu querido nieto sólo le hace falta mi talonario de cheques para jurarme que está loco de amor.
Sonrió con cierto desprecio y aseguró luego:
- Pero no lo tendrá.
Adelaida Urquiza se irguió en su asiento con aire retador. Tenía un aspecto tan majestuoso y firme, que la muchacha sintió cierto temor. Mas no lo demostró al enfrentarla con valentía.
- Me parece, hijita, que olvidas que eres menor de edad y estás bajo mi tutela.
- Pero no puedes obligarme…
- ¡Calla!. Procura acostumbrarte a la idea de que Bernardo será tu marido y olvida haber conocido a ese… Pedro Velaró”.
Organizar un matrimonio por interés resultaba complejo. Y caro, según Valentina del Barco en “Provechosa lección”, Ed. Bruguera, 1958. Los desvelos de ciertas madres con niña casadera por atrapar a un buen partido, tal vez las hicieran merecedoras del cielo, aún habiendo convertido a su vástago en pura máquina calculadora con alma de hucha:
“-¡Bueno, esto se ha terminado!… -decía doña Rosa-. ¡Y ya ves el exitazo que has tenido!… Mucho Sonsoles por acá y por allá, mucho bailarte y divertirse a tu costa… y de lo otro, nada!.
- ¡Mamá, no me agobies!.
- La que me agobia a mí eres tú, hija. ¿Sabes lo que me has hecho gastar, para que alternes con esa ilustre pandilla?.
- No; ni me importa.
- Pues a mí sí. Me atrasas para todo el invierno… Y ninguno de ellos piensa en nada serio contigo… El tiempo pasa… y tú te acabarás pasando, también.
- ¿Me vas a llamar vieja, mamá?.
- No, aún no. Pero son veintidós años, sin nada a la vista. No lo olvido.
- ¡Ay, Dios mío!. ¡Parece que te hago peso en casa!.
- No es eso y tú lo sabes.
- Sí, ya lo sé. Quieres que acepte a Miguel.
- Ni más ni menos. Tu padre también lo ansía.
- Pues lo aceptaré. No hay nada más que hablar.
- Pero poniendo cuidado en que él no note tus escrúpulos.
- Lo pondré. Después de todo, tú llevas razón. Es con él con quien viviré y no con sus padres. ¡Qué me importan a mí esos pobres paletos!. Con no tratarlos, en paz.
- ¡Muy bien dicho!. Pero hasta después de casada, el disimulo se impone. Él, dice papá, los quiere mucho.
-¡Yo lo apartaré de ellos por más que los quiera!”.
Ocasionalmente, cuando se miraba la vida desde el lado masculino, surgían visiones del matrimonio menos interesadas, aunque utilitaristas hasta el extremo. Lo curioso es que a semejante conjunto G. Colomer lo llamase amor en su novela “Un cobarde”, Ed. Bruguera, 1955:
“En su vida azarosa había sido domador de caballos salvajes, granjero, caballista, buscador de oro y otros oficios más, según se los ofrecían y las necesidades fueran surgiendo. No había sido cuatrero porque poseía un fondo de honradez que nunca perdió, pero había peleado contra ellos, siendo temido por la fuerza de sus puños, su certera puntería y la rapidez en “sacar”. La juventud quedaba ya atrás, y aunque se sentía igual de fuerte y resistente, comprendía que había llegado a la madurez y si no quería sufrir una vejez solitaria, era hora de casarse y establecerse”.
Y es que la visión masculina del amor, entendida como posesión, envuelta en planteamientos quizás para las jóvenes de entonces ya periclitados, respondía a un modelo machista, puesto que el machismo amodorraba la vida conyugal, los hábitos y relaciones más elementales, siendo éstos puro reflejo de la sociedad misma. El diálogo original de Amparo Lara tomado de su novela “La enfermera”, Ed. Bruguera, 1961, evita muchas explicaciones:
“- No comprendo cómo la ha dejado venir.
- No tenía ningún derecho sobre mí.
- Ni derecho, ni temperamento. Se tratará de algún ser abúlico, apático…
- No lo crea. Es todo un carácter. Pero no podía imponerme su voluntad. No había nada entre los dos que me obligase a obedecer…
- Si estuviera enamorada, ¿olvidaría su vida independiente?.. Las mujeres que saben desenvolverse solas en la vida, son unas pésimas mujeres del hogar.
Ella hizo un mohín.
- ¿Lo sabe por experiencia?.
- No. Lo presumo. Intentaré, cuando me llegue el momento, no enamorarme de una muchacha de vida independiente. No nos va a los levantinos. Nuestra ascendencia morisca se rebela ante la idea de ser sometidos y no someter a la criatura que consideramos instituida por Dios para ser nuestra compañera, nuestra ayuda, y nunca nuestra caprichosa y arbitraria dueña. He dicho someter, pero en el dulce y prometedor sentido del amor. Supongo que a una mujer muy femenina le agradará ese sometimiento tan halagador.
- Tal vez… A ella le agradará y a él le convencerá una vez más de su incuestionable supremacía. Un sentimiento muy femenino en ella y muy varonil en él. No puedo darle mi opinión sobre el asunto porque carezco de experiencia.
- ¿Le gustaría poseerla?.
- ¿A costa de quién?. ¿De un levantino?. Usted me ha considerado una mujer independiente…”
Los maridos de papel impreso debían ser auténticos reyes. Sus esposas, demasiado a menudo, simples vasallos.
Sólo un par de precisiones. La chica no se hallaba en ningún lugar de mala nota, al que ese supuesto apático debió haberle prohibido ir, sino en la casa de campo de sus patrones, próxima a Madrid, donde atendía al accidentado heredero. Acababan de bailar un fox lento en la terraza, envuelta ya por las sombras, aprovechando que hasta ella llega el sonido del tocadiscos. Y lo que resulta más fantástico: transcurridas 40 páginas, esa muchacha capaz de desenvolverse sola concluye casándose con el levantino de sangre morisca, suponemos que para ser adecuadamente sometida.
Y no debió hacerlo mal el muchacho, puesto que en vísperas de la boda, un simple abrazo femenino es descrito como inusitado atrevimiento:
Corín Tellado, en cambio, durante su colaboración con Rollán, mediados los 60, fue capaz de traspasar normas tan trasnochadas. Hasta entonces muchos autores habían puesto sobre el papel qué y cómo sentían los hombres, privando a la mujer honesta de cualquier impulso carnal. Ella dio el paso sin estridencias, pero evitando dejar espacio para la duda. De ahí el aserto tantas veces repetido sobre el nuevo pulso que sus novelas aportaron al género. En “No seré tu esclava”, Nº. 14 de la serie dedicada a su pluma en exclusiva, abordó una relación de pareja en la que el varón había conseguido acostarse con la muchacha:
“- Es temprano -le dijo bajísimo-. Ven, vamos a charlar allí un poco los dos.
Allí era el interior de la casita. Catherine se dejó llevar, porque ya no podía negarse.
- Mañana daremos un largo paseo, Cathy. No vendremos aquí. Te esperaré en Kalamazoo e iremos a un cine o una boite.
- Me asusta esta soledad -susurró la joven, estremeciéndose.
Alex ya lo sabía. Pero no era la soledad lo que le asustaba. Era su compañía. Sonrió al tiempo de pasarle un brazo por los hombros. Se perdieron juntos en la casita”.
Por si cuanto ocurrió después, no narrado, obviamente, hubiese quedado envuelto en sombras, más adelante las disiparía.
“Hizo caso omiso de su súplica. Empezó a besarla otra vez.
Catherine quedó tensa. Dijo algo que inmovilizó a Alex:
- Sólo muerta, Alex. Sólo muerta me tendrás otra vez, como en aquella ocasión”.
Pero excepciones aparte, el amor debía ser sobre todo puro, muy puro, conforme quizás tratemos en otra oportunidad. De momento valgan estas líneas como homenaje a nuestras madres, tías y abuelas, pasivas destinatarias de una ideología sofocante y rancia. Por más que pueda sorprendernos, salieron del trance sin aparentes daños psicológicos. Y esto, a tenor de lo narrado, tenía su mérito.
José Ignacio Corcuera
Continuando con el análisis de diferentes manifestaciones sociales en la novela popular española encontramos que esta sociedad entre 1940 y 1980, en buena medida espejo del régimen político, estuvo muy familiarizada con grandes gestas del pasado remoto (Indíbil y Mandonio, El Cid, Guzmán “El Bueno”), o de la reciente conflagración civil. Las lecturas escolares, el cine de producción nacional, no poca literatura “seria” e incluso los tebeos juveniles, apostaron por el patriotismo, la suprema renuncia o hazañas temerarias, cuando no directamente por la pura inmolación. Hubo un auténtico culto al hombre, por cuanto representaba fuerza, determinación, fe y entusiasmo; justo las virtudes que durante tantos lustros les serían escatimadas al otro sexo. Y al mismo tiempo, como contrapartida “lógica”, un rechazo sin ambages hacia la homosexualidad.
Abominación pura, según el clero nacionalcatólico, vicio indecente al decir de los “educadores”, afrenta a la naturaleza si el mensaje iba dirigido a mujeres, o perversión suprema, el vocablo “homosexual” llegó a estar prohibido por la censura, tan prohibido como “pecho” -en su acepción de busto femenino-, “pene” -con la única excepción de la literatura médica-, e incluso “braga”. Pese a todo, la novela popular dio a los homosexuales alguna cabida en sus páginas. Entre burlas, eso sí. tildándolos de deshecho. Considerándolos hasta cierto punto contagiosos.
Junto a la voluntad de entretenimiento, las creaciones para el kiosco adquirieron un nuevo compromiso desde finales de los 50: el de educar, esparcir “buenas prácticas” y defender los “buenos usos y costumbres”. Todo ello a raíz de que el Ministerio de Información y Turismo, adueñado de la Instrucción Pública y en manos muchas veces de auténticos fogoneros de la fe, cobrasen consciencia del inmenso eco que sus postulados adquirían al controlarlas.
Repasemos, pues, la triste realidad de la homosexualidad en tiempos de Franco y su reflejo en novelas “de a duro”. Homosexualidad masculina, por supuesto, que la casta, devota, abnegada y procreadora españolita, de ningún modo hubiese podido ser lesbiana.
Pasemos a la página homónima…
Análisis por Josep Torrell Jordana
En 1961 no había «Punto rojo»: salió el primer número en 1962, que corrió a cargo de Silver Kane: Un solo ataúd. Enton
ces sólo había «Servicio Secreto», que publicaba tanto novelas policíacas como de espionaje. Había nacido en 1950 y llevaba publicadas unas quinientas novelas. De las cuales, Silver Kane había publicado poco más de veinte: a razón de cinco por año. La productividad en esa época era francamente baja: en 1958, sólo había publicado tres novelas, y en 1962 otras tres.
La explicación era obvia: no era tan fácil escribir una novela de asesinato. No sólo había unas reglas y un suspense que había que respetar, sino que se traducía mucho de lo que se editaba
fuera. Recuérdame al morir (1957) y Los muertos vuelven de noche (1958), por ejemplo, son novelas policíacas al estilo norteamericano, fáciles en su estilo pero sin nada que ver una con la otra. Cuando un autor era valorado por lo que tenían de propio sus novelas, entonces se estaba ante un maestro de la novela policíaca: Dashiell Hammett o Georges Simenon.
Los autores de «novelas de duro» no alcanzaron esa fama, pero lograron tener una prestigio entre sus lectores y un séquito de seguidores seguros que cada semana acudía a su librería para ver si había salido otra nueva. Burton Hare, Clark Carrados, Silver Kane y Marcial Lafuente Estefanía tenían seguidores fieles. Otros, no y, sin embargo, sus novelas se vendían igual.
Es extremadamente difícil estudiar «la novela de duro» dado su pervivencia en el tiempo (más de treinta años, casi cuarenta mil títulos, solo en editorial Bruguera) y la variedad estilística de sus autores. Además, no es lo mismo Silver Kane de principios de los sesenta que el mismo Silver Kane de los setenta: ha cambiado el tiempo, ha cambiado lo que pide el lector y ha cambiado el escritor. Esta es una de las hipótesis tentativas que se puede formular leyendo algunas de las obras de principios de los principios de los sesenta (y comparándolas con la memoria que se tiene de los años setenta).
La primera rareza fue la forma de las novelas.
Algunas –no todas, evidentemente— eran novelas policíacas con un suspense férreamente armado, con puntos álgidos en crescendo, iluminaciones que presagian el final, y un final desconcertante que determina quién es el asesino. Por decirlo brevemente, novelas de misterio canónicamente resueltos. Así encontré La noche tiene un secreto (publicada en mayo de 1958) y Ataúd B-4 (publicada en abril de 1962).
La noche tiene un secreto parece un remedo de una pieza teatral, puesto que todo pasa en un único espacio. Hay motivos para creer que a Nadine Shelley trataran de asesinarla en su piso. Nick Janiro y varios agentes trataran de protegerla, pero entonces empiezan a pasar cosas extrañas en el piso vecino y a aparecer personas conocidas y desconocidas en el
propio.
La duración de una novela es hasta el amanecer, y durante las horas de la noche se van sucediendo cosas extrañas, aumentando el suspense a medida que se acerca al amanecer. Hay algún guiño al lector, como una referencia clarísima a Edgar Allan Poe, que pone una advertencia respecto a que quizás el asesino no sea quién sospecháramos. De hecho, ni la victima será la que estaba protegiendo la policía ni el asesino había de venir del exterior. Hasta el final no desfallece el suspense.
La identidad de tiempo y espacio hace que Silver Kane tenga que ser muy cuidadoso con sus episodios, que no pueden tener su origen fuera del piso. El resultado, siempre sospechando si no será una pieza teatral norteamericana llevada al cine, es una novela de intriga que se lee con gran interés hasta la última página. Al acabarla, quizás más de uno se formuló el interrogante de si para una novelita de duro hacía falta una estructura de guión tan trabada.
***
La segunda rareza es Ataúd B-4. Empieza con una humorada: cosas de la autorreflexión. El personaje Silver Kane –que ya protagonizara también Recuérdame al morir, aparecida en 1957— se da cuenta que el ataúd B-4 pesa el doble de lo que debiera pesar.
Entonces se suceden una serie de hechos que, en principio, no tienen ninguna relación entre sí: sale de la prisión Betty Taylor, asesina de una niña, a la que espera un coche para recogerla; Norma Tucson y Nick («un guapo muchacho, pero bastante estúpido»), la compañera de piso y el novio de Mónica, descubren que ésta ha sido secuestrada; el teniente Sullivan monta guardia con toda la crema de la metropolitana de Nueva York en torno a la escuela Madison, en cuyo interior el fiscal Morrison escondió un informe sobre las actividades de los traficantes de drogas antes de ser abatido a tiros por los hombres del rackett; y finalmente, Butler, jefe de los traficantes, que encarga a Betty Taylor que secuestre a una niña del colegio que vigila la policía.
Con estos actos inconexos, han transcurrido siete apartados (de los dieciséis en que se divide la novela): más de media novela. No hemos asistido a una introducción, sino a cinco (contando la de Silver Kane, en una capilla anabaptista, en un descampado de Harlem). El lector, deseoso de saber qué pasará, sigue con creciente interés lo que sucede, sin ver que con cuatro introducciones la escritura de Silver Kane le ha llevado más allá de la mitad de la novela. El nudo y el desenlace, entonces, se desarrollan a una velocidad increíble: el nudo, en cinco apartados; y el desenlace, en cuatro.
En Ataúd B-4, hay dos personajes que resultan tener una personalidad fingida, con la particularidad, bastante notable, que esta vez son mujeres: una sorpresa para el lector, acostumbrado –en las del oeste— que esta sea una prerrogativa del bueno. Pero tampoco se dan demasiadas explicaciones: Betty trabaja para la oficina del distrito, y Norma es su ayudante.
En la novela se cita, en cambio, el pasado de Norma, cuando estuvo en el ghetto de Varsovia y vio morir atrozmente a detenidos de los nazis: «a los de la Gestapo no les importaba destrozar a una niña de diez años. Tenían incluso perros amaestrados que se dedicaban sólo a eso. Delante mío devoraron a una muchacha, intentando hacerla hablar» (pág. 77). Es decir: una víctima del holocausto nazi como protagonista de una novela (y, esto, en 1962.)
El lector, fascinado por la introducción, en la que las muchachas no son lo que parecen y nadie se asemeja a un protagonista medianamente aceptable (es decir: masculino, claro), se sitúa a más de la mitad de la novela, sin apercibirse de nada. Después, todo se precipita. Al final, uno tiene la sensación de que la novela se ha quedado corta, de que quizá hubiera podido dar más de sí… sin darse cuenta de la estructura de la novela, que impulsa poderosamente este sentimiento.
La novela empieza por escenarios típicos de la novela policíaca de aquellos años: un depósito de cadáveres; una cárcel; una capilla de los anabaptistas; un Museo Arqueológica de Harlem (!); una sospechosa pensión para estudiantes, desde la que contempla Hoboken, el puerto de Nueva York; una lujosa torre en Long Beach y, como contraste, una escuela (donde, sin embargo, habrá su ración de muertos). Algunos de los escenarios de Ataúd B-4 recuerdan poderosamente los de las novelas de Chester Himes, que eran novedosas para la novela policíaca.
Por supuesto, hay incongruencias. Por ejemplo, para hacer creer que Betty es malvada: pero estas se descubren en una segunda lectura… que nadie hacia, porque ésta era una de las condiciones básicas: leer y olvidar (como el programa doble semanal de los cines).
***
Por supuesto, no todas las novelas de «Servicio Secreto» y de «Punto Rojo» de aquellos años son tan canónicamente trabajadas como éstas. Sin embargo, estás existen. Esto cambiará con tiempo. Si las novelas publicadas en «Servicio Secreto» eran tres en 1961, en 1971 eran nueve. En «Punto Rojo», en 1971, se publicaron once. En total, veinte novelas suponían una productividad envidiable. Por otra parte, el público había cambiado: había más desconfianza hacia la policía como institución y e
sto afectaba a cómo debían ser las novelas policíacas.
La última de las novelas policíacas de Silver Kane –por así escribir, a la vieja manera— es Huellas en la arena (publicada en diciembre de 1968). Algunos ejemplos posteriores, como El hijo de la loba (1970) o El asesino de las doce en punto (1971), contienen un punto que anuncia ya las novelas de terror. A comienzos de los años setenta, las novelas policíacas eran un poco de crimen, algo de aventuras, bastante de truculencia y un filo muy vago de suspense. Dos ejemplos de lo estoy diciendo podrían ser El demonio en el cerebro (publicada en mayo de 1969) y, sobre todo, Veinte mil años para morir (publicada en agosto de 1971). Los lectores eran otros y, sin embargo, seguían habiendo un sequito de seguidores, igual que en los principios de los años sesenta.
Estos cambios son significativos, y avalan el interrogante de si todas las novelas de duro –de Silver Kane pero también de otros— estaban ligadas (por lo menos las policíacas) a su tiempo de forma tan univoca y directa.
Pero aquí hay que frenar: Silver Kane ha escrito más de mil cien novelas (y ha re-hecho algunas más). ¿Se puede tomar dos novelas para tratar de sacar conclusiones? ¿Se puede?
Imágenes – Gentileza de Francisco Reina Carrasco (nuestro querido Pulpo Paul de TodoColección)
Esta breve colección de apenas 141 números que se editó desde Julio de 1974 hasta 1977 marcó el inicio ininterrumpido de colaboración de Antonio Vera Ramírez con la Editorial Bruguera y que se acentuaría hasta el fín de los días de la editorial
En esta colección pariciparon unicamente 4 autores, pero se puede decir que fué una colección dedicada a Lou Carrigan con aportes testimoniales de Silver Kane, Curtis Garland y Burton Hare.
| AUTOR | Participación |
|---|---|
| Lou Carrigan |
116 |
| Silver Kane |
10 |
| Curtis Garland |
10 |
| Burton Hare |
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Presentamos aquí una nueva visión sociológica de la relación entre la novela popular española y el mundo político donde germinó y creció. Esta vez nos referiremos al anticomunismo franquista y su influencia en la literatura de masas.
La novela popular dirigida mayoritariamente a los varones durante el franquismo, la de acción, tuvo una clara retención aleccionadora. El espíritu de los vencedores en la Guerra Civil había quedado muy claro desde el principio: separar la mies de la mala hierba -como se escribió en publicaciones de la órbita falangista- laborar para que la mala hierba no ahogase el buen grano y obtener, así, el bíblico ciento por uno. La mala hierba, según particularísima visión del régimen, fue purgada en las cárceles, con penas de muerte o condenas a trabajos forzados, en tanto se intentaba fortalecer la mies regando dogmas, admoniciones y “verdades” teóricamente incuestionables. Lo que para ellas fue sumisión al hombre, abnegación, castidad y pacífica procreación cristiana, para ellos fue acatamiento del régimen, resignación y repulsa al comunismo, convertido en encarnación de todos los males.
Se cuenta que Franco aconsejó una vez a cierto ministro de su gabinete, algo dado a las entelequias: “Si quiere vivir tranquilo, feliz y sin sobresaltos, haga como yo: no se meta en política”. Curioso en verdad, puesto que ello nos conduciría a la conclusión de que el furibundo anticomunismo franquista, el de un par de generaciones entre sus compatriotas, respondió más a una cuestión visceral que a lo ideológico. Y la verdad, releyendo algunos pasajes de ciertos autores, podría asegurarse hablaba no la razón, sino un víscera bien cargada de hiel.
La novela popular constituyó excelente vehículo para, al tiempo de entretener, inocular un bien estudiado ideario.
En la página “Novela policíaca popular y anticomunismo” encontraremos estas reflexiones, que José Ignacio Corcuera realiza en forma objetiva de aquella realidad
El coyote, la obra más emblemática del Oeste americano fue creada en España por José Mallorquí Figuerola.
En la página correspondiente aparece el listado de las obras de este popular personaje publicadas por Bruguera.
Para aquellos admiradores de Mallorquí y de “El coyote” aconsejamos la pormenorizada obra de un ilustre andaluz de pro, Don Ramón Charlo, que en sus tres volúmenes desmenuza las andanzas de José Mallorquí en la vida y de Don César de Echagüe en tierras de California
Debo agradecer públicamente a Ramón Charlo todo lo que ha ayudado a mis conocimientos del mundo de los bolsilibros.
Estimado amigo siempre estarás en mi corazón
En la página homónima tenemos un acercamiento, una parte de la visión que la novela rosa tuvo de la mujer, sin olvidar el marco sociopolítico del momento. No pretende ser muy profundo, pero sí clarificador y aproxima el género a su época, y tal vez ayude a verlo con los ojos de aquel pasado, por suerte del todo superado.
Este ensayo es el inicio de las colaboraciones que el blog tiene abierto a todos aquellos que de una u otra manera vivimos relacionados con los viejos bolsilibros. José Ignacio Corcuera es desde hoy y de pleno derecho; un distinguido integrante de este emprendimiento y estamos seguros de que nos enriqueceremos profundamente con sus conocimientos y visiones del mundo bolsilibresco.
Que sea bienvenido este su primer artículo.
La vida tiene momentos raros, momentos en que realizamos cosas muy diferentes a las que acostumbramos a hacer. Si hablamos de Silver Kane, automaticamente asociaremos su nombre a una pistola y una serie de rostros rufianescos aderezando mucha violencia, pero nunca con “tiernas frases de amor sincero”.
Ser un gran escritor – todoterreno como han definido muy acertadamente a los escritores de bolsilibros – significa tener capacidad para mostrar con palabras certeras todo tipo de imágenes, relatar sucesos aunque estos sean de una temática diferente a las que se describen habitualmente. Por eso no extraña que lo que aparece firmado por Rosa Alcázar muestre el largo (y ancho) oficio de un escritor. Sus obras son amenas, fáciles de leer, con correctos planteos sicologicos y situaciones verosímiles. Fueron publicadas aproximadamente unas cincuenta. Varias de ellas tuvieron una segunda edición dado su éxito (cosa que era de esperar)
Pero hay una incógnita no del todo develada. ¿Quién es la mujer que aparece en la fotografía del autor, en las novelas de Rosa Alcázar publicadas en la colección Pimpinela?
¿ Podremos suponer que es la fotografía de su esposa María Rosa Torralba?. Nótese que también se llama Rosa
En este pequeño tesoro que fue extraído del libro “La novela popular en España” de Ediciones Robel, 2000; aparece un joven Silver Kane con su esposa. ¿Son la misma persona en ambas fotos?
Tal vez sea muy simple de averigüar; pero la verdad rompería el encanto del misterioso desdoblamiento de la personalidad de Silver Kane. A veces fue Rosa Alcázar
| Obras publicadas de Rosa Alcázar | |||
| NUM | NOMBRE | AUTOR | COLECCION |
| 521 | No hables, corazón | Rosa Alcázar | Pimpinela |
| 524 | Las olvidadas | Rosa Alcázar | Pimpinela |
| 546 | Tan solo una mujer | Rosa Alcázar | Pimpinela |
| 600 | Nuestra tía Maribel | Rosa Alcázar | Pimpinela |
| 604 | Creemos en nuestro amor | Rosa Alcázar | Pimpinela |
| 611 | La prometida | Rosa Alcázar | Pimpinela |
| 619 | La vida de una mujer | Rosa Alcázar | Pimpinela |
| 656 | Las almas también lloran | Rosa Alcázar | Pimpinela |
| 659 | La fugitiva | Rosa Alcázar | Pimpinela |
| 855 | Los tres destinos de Ketty | Rosa Alcázar | Pimpinela |
| 872 | Prohibido enamorarse | Rosa Alcázar | Pimpinela |
| 876 | Bonita y nada más | Rosa Alcázar | Pimpinela |
| 428 | El lago de las vírgenes | Rosa Alcázar | Madreperla |
| 465 | Tres pasos por el cielo | Rosa Alcázar | Madreperla |
| 645 | Un día para amar | Rosa Alcázar | Madreperla |
| 756 | Enamorados sin amor | Rosa Alcázar | Madreperla |
| 373 | La señorita “No” | Rosa Alcázar | Rosaura |
| 413 | Nuestra última noche | Rosa Alcázar | Rosaura |
| 453 | Desde que nos vimos | Rosa Alcázar | Rosaura |
| 458 | La segunda mujer | Rosa Alcázar | Rosaura |
| 512 | Mi novio, el marqués | Rosa Alcázar | Rosaura |
| 530 | Tres hombres en la noche | Rosa Alcázar | Rosaura |
| 267 | Un beso por compasión | Rosa Alcázar | Amapola |
| 359 | Un mundo para ti | Rosa Alcázar | Amapola |
| 236 | Dueña y señora | Rosa Alcázar | Alondra |
| 286 | Mi segundo amor | Rosa Alcázar | Alondra |
| 329 | Vida | Rosa Alcázar | Alondra |
| 348 | Su último adiós | Rosa Alcázar | Alondra |
| 390 | Un hombre sin piedad | Rosa Alcázar | Alondra |
| 164 | Prisión para corazones | Rosa Alcázar | Camelia |
| 228 | Mi prisionero | Rosa Alcázar | Camelia |
| 239 | Estrella del Sur | Rosa Alcázar | Camelia |
| 295 | Las olvidadas | Rosa Alcázar | Camelia |
| 304 | La chica del coche rojo | Rosa Alcázar | Camelia |
| 325 | Reina de corazones | Rosa Alcázar | Camelia |
| 400 | Corazones prisioneros | Rosa Alcázar | Camelia |
| 57 | Tan sólo un amujer | Rosa Alcázar | Legiones Blancas |
| 10 | Desde que nos vimos | Rosa Alcázar | Selecciones Pimpinela |
| 31 | Mi prisionera | Rosa Alcázar | Selecciones Pimpinela |
| 41 | Tres hombres en la noche | Rosa Alcázar | Selecciones Pimpinela |
| 52 | Las olvidadas | Rosa Alcázar | Selecciones Pimpinela |
| 89 | Estella del Sur | Rosa Alcázar | Selecciones Pimpinela |
| 110 | La fugitiva | Rosa Alcázar | Selecciones Pimpinela |
| 14 | Un mundo para ti | Rosa Alcázar | Serie Rosa |
| 28 | El lago de las vírgenes | Rosa Alcázar | Serie Rosa |
| 42 | La vida de una mujer | Rosa Alcázar | Serie Rosa |
| 61 | Vida | Rosa Alcázar | Serie Rosa |
Si se hace una división muy general, algo grosera y bastante gratuita de a que género fueron destinados los bolsilibros se obtendría que: los bolsilibros del Oeste, policíacos, guerra, espacio, terror y aventuras sería dirigidos a un público mayoritariamente de género masculino y el bolsilibro rosa al género femenino. Entonces podríamos decir que hay bolsilibros “masculinos” y bolsilibros “femeninos”. Es interesante saber que hay autores que hicieron muy famoso un seudónimo (a veces su nombre verdadero) escribiendo para un género y que con seudónimo diferente escribían para el otro. Tomemos algunos ejemplos:
| Nombre | Bolsilibros “masculinos” | Bolsilibros “femeninos” |
| Isabel Irigaray Echevarri | Ada Coretti | Isabel Irigaray |
| Joaquín Ruiz Catarineu | Alan Carson | Javier Catá |
| Pedro Víctor Debrigode Dugi | Arnaldo Visconti | Arnaldo Visconti |
| Peter Debry | ||
| Arnold Briggs | ||
| Geo Marvic | ||
| Geo Dugan | ||
| Vic Peterson | ||
| Jesús Navarro Carrión-Cervera | Cliff Bradley | Jesús Navarro |
| Clotilde Méndez Simón | Clo Mensy | Clotilde Méndez |
| Juan Gallardo Muñoz Creu | Donald Curtis | Juan Gallardo |
| Curtis Garland | ||
| Orlando García Mateos | Orland Garr | Orlando García |
| Frank Lewis | ||
| Enrique Jarnés Bergua | Henry S. James | E. Jarber |
| María Luisa Vidal Alfonso | J. Chandley | Mary Vidal |
| Juan Bautista Lacasa Nebot | John Lack | Bautista Lacasa |
| Miguel Oliveros Tovar | Keith Luger | Miguel Romano |
| Prado Castellanos Allentorn | Meadow Castle | Edmundo Rey |
| Miguel Cussó Giralt | Michael Kuss | Sergio Duval |
| Manuel Moreno Bernet | Mike Brown | Armando Sandoval |
| Miguel María Astraín Badá | Mikky Roberts | Roberto de la Mata |
| María Purificación Carré Sanchez | Peter McKoy | May Carré |
| Rodolfo Bellani Cremona | Rodolfo Bellani | Rodolfo Bellani |
| Ramiro Dexter | ||
| Rudy Linbale | ||
| María Teresa Núñez González | Ros Talbot | Vicky Doran |
| Francisco González Ledesma | Silver Kane | Rosa Alcazar |
| Taylor Nummy | Fernanso Robles | |
| María Victoria Rodoreda Sayol | Vic Logan | Vic Logan |
Algunos autores escribieron para otro género en forma testimonial, generalmente a pedido de la editorial. Cada uno de ellos destacaba en determinada temática. Por ejemplo es clara la inclinación de Juan Gallardo Muñoz Creu a la temática policíaca, lo que no le impidió escribir 8 obras destinadas al género femenino.
A veces deberíamos decir más que predilección, especialización. Es claro el caso de la autora María Luisa Vidal, que en sus obras dedicadas al género femenino muestra un correcto desarrollo de las situaciones y descripción de los personajes; en sus obras de la colección “La conquista del espacio” muestra una pobreza de argumento, de situaciones, de conocimientos técnico-científicos que es lamentable.
En cambio la señora María Victoria Rodoreda Sayol (Vic Logan) que escribió para ambos géneros con el mismo seudónimo (por lo menos para Bruguera) obtiene mejores resultados. Se sabe que escribió en colaboración con su esposo Joan Almirall. Sería interesante saber como era esa colaboración y cuanto hay de cada uno de ellos en los bolsilibros que aparecieron bajo la autoría de Vic Logan
El mundo bolsilibresco tiene sorpresas como las que da la vida. El señor Prado Castellanos Allentorn, conocido como Meadow Castle ¡¡escribiendo novelas de amor!!. Seré tremendamente subjetivo. Es un autor que me causa repulsión. Hace muchos años leí una obra suya del Oeste en la que describía una situación de crueldad inimaginable por lo gratuita y nada importante para el desarrollo de la obra (no me refiero a violencia- si bien todo acto de crueldad contiene mucho de violencia-). Me dio la sensación que se regodeaba en ella. Desde ese momento no he vuelto a leer una obra de él, ni creo que lo haga otra vez en mi vida. Es cierto que en la realidad hay hechos que son mucho más terribles que los descriptos por la imaginación de un autor. Vaya sorpresa la mía cuando encuentro que este señor también es capaz de describir sentimientos nobles e imágenes dulces.
Mucho más coherente es Jesús Navarro Carrión-Cervera, que tanto sus obras del Oeste como Cliff Bradley ó la femeninas como Jesús Navarro son de muy alta calidad. Sobriedad, elegancia en el estilo, en su sintaxis, argumentos sólidos y descripción de situaciones verosímiles, fácil lectura. Todo está muy bien logrado. Algunas de las obras de Jesús Navarro tienen pinceladas de sano humor dignas de figurar en una antología.
El caso de Francisco González Ledesma (Silver Kane) lo trataremos aparte.
«La dama que gritó» de Curtis Garland fue publicada en el Nº 1071 de la colección Punto Rojo en Noviembre de 1982 como primera edición. Dos meses después en el número 1082 de Enero de 1983 aparece nuevamente, también como primera edición. Es exactamente la misma obra de la primera letra a la última. Es una prueba más del descontrol y desprolijidad del departamento de bolsilibros de la editorial.