El amor en la novela “rosa”
No dejan de resultar curiosos los diversos ropajes con que muchas veces se vestía al amor, precisamente en novelas definidas como románticas. Y es que el romanticismo convencional a menudo estaba en el polo opuesto de cuanto sentían no pocas protagonistas.
El personaje central de “No quiero tu compasión”, publicada por Trini de Figueroa en Ed. Bruguera el año 1948, confunde el amor con una abnegación sumisa, casi de monja, hacia su señor enfermo. Y ello por más que éste posea un carácter muy rudo:
“Aquella noche, Maira lloró y rezó mucho. Se daba cuenta de que, sanase o no, ella nunca representaría nada en la vida del señor de Hilbron. Y lo peor era que los intensos días vividos, en los que espontáneamente estuvo dispuesta a consagrar su juventud al cuidado de un pobre enfermo, habían creado un mundo nuevo en su corazón, llenándolo de ansias desconocidas hasta entonces. Lo echaba de menos. Necesitaba a Wilhhelm, aunque sólo fuese para oírle palabras duras.
Ahora él se había ido, y esta nueva soledad pesaba en su ánimo como una terrible losa”.
Al fin y al cabo, la mujer estaba en el mundo para servir, para ser complemento del hombre, si hemos de hacer caso al manual de Formación Político-Social destinado al primer curso de Bachillerato, impreso por la Sección Femenina en 1962: “A través de toda la vida, la misión de la mujer es servir, Cuando Dios hizo el primer hombre, pensó: “No es bueno que el hombre esté solo”. Y formó a la mujer, para su ayuda y compañía, y para que sirviera de madre. La primera idea de dios fue “el hombre”. Pensó en la mujer después, como un complemento necesario, esto es, como algo útil”.
De manera que una vez puesta a servir y sacrificarse, los autores de novela romántica parecieron haber hallado un filón. “Herminia la solterona”, de Luis Elías, Ed. Toray 1950, inicia así su acción, con un capítulo titulado Una mujer feliz:
“El verdadero secreto de la felicidad
consiste en exigirse mucho de uno mismo
y muy poco de los demás.
Herminia Romero no conocía esta máxima, pero su vida era un fiel reflejo de ella.
Por esto era una mujer feliz.”
Feliz o no, se trataba de una mujer abnegada hasta el exceso, como bien pronto aclararía el autor:
“Herminia era hija única. Su madre murió al venir ella al mundo. El padre de Herminia, don Teodoro Romero, era fundador y propietario del bazar “La Flor de Mayo”, la más importante y acreditada tienda de Villamor, delicioso pueblecito del Levante español.
Don Teodoro tenía ya sus sesenta años. Era bueno como el pan, pero tenía un carácter tan endiablado que nadie podía con él… Sólo Herminia lo dominaba a su antojo y hacía de él cuanto quería. En realidad, la que llevaba el negocio, la que se encargaba de recibir a los viajantes, la que efectuaba todas las compras, marcaba los precios, cobraba, pagaba y llevaba la contabilidad del pequeño negocio era Herminia”.
Semejante vida abnegada debía plasmarse en un amor no menos abnegado, aunque el objeto de sus anhelos fuese un canalla capaz de rondarla sólo por divertimento, añadiendo, así, una nueva conquista a su amplio currículum:
“Es raro -pensaba Alberto al salir de “La Flor de Mayo”, obsesionado por una idea fija-. En ninguna de las mujeres que he tratado encontré tanta sinceridad, tanta pasión… Nunca conocí mujer alguna tan ingenua… tan confiada… ¡tan buena!… ¿Por qué no se habrá casado Herminia?.
Y una voz sobrenatural, una voz que provenía del cielo y de la tierra, de los árboles y de las piedras, de las casas y de las montañas, en una palabra, de todas partes, penetró en lo más recóndito de su corazón para decirle:
Porque te quiere. Porque su destino, bueno o malo, eres tú… Y óyeme bien, Alberto: te quiere…¡como nadie más podrá quererte en este mundo!”.
El propio autor sentenciaba al final de un capítulo:
“¡Triste primer amor el de la incauta solterona, que entregó, sin condiciones, su virginal corazón en manos del hombre que había de romperlo en mil pedazos!”.
Pero tanta entrega debía tener premio. El calavera ventajista recapacitaba, acababa pidiendo perdón, avergonzado, y la solterona, magnánima, pese a haber sido pasto de mil chismorreos en el pueblo, enamorada hasta el tuétano, se tragaba cualquier atisbo de orgullo:
“ Herminia se sentía envuelta, acariciada por el sol de la felicidad. Quería decirle muchas cosas a su Alberto, muchas… Tantas, que las condensó en tres maravillosas palabras:
-¡Gracias, Dios mío!…
Y con sus finas y delicadas manos acariciaba la cabeza de aquel hombre que, arrepentido, no cesaba de murmurar:
-¡Perdón, Herminia… ¡Perdón!”.
Abnegación y renuncia, esta vez masculina, vuelven a ser los valores ensalzados por Paz de Castilla en “Las flechas de la esfinge”, Ed. Pueyo, 1947. Si bien el párrafo resulta largo e indigesto de puro cursi, precisamente por esto último se antoja antológico:
“- ¿Tanto me quieres, Margot?.
- Sí. Huérfana de afectos, mi corazón tenía hambre de cariño, y llegaste tú en un momento crítico de abatimiento, en que más sola me sentía, acechada por el peligro y la incertidumbre. Y nuestra simpatía surgió espontánea, sincera, y de ella brotó el amor… Yo no sé a ciencia cierta si tu me quieres; no me lo has dicho, pero lo he presentido. Algo sutil y silencioso flota en torno mío: tus miradas, tus silencios, tus personalísimos rasgos, que delatan siempre la firmeza de tu carácter y la fogosidad de tu alma. Ahora digo: ¿Me equivoqué?.
- No, no te has equivocado, Margot. Desde el primer momento te posesionaste de mí. Jamás mujer alguna ha sido amada y respetada con tanta intensidad, con tanta devoción. Me creía tibio y positivo. Nunca pensé que pudiera sentir esta dulce inquietud que me domina. Tú eres mi obsesión. Sin ti iré sonámbulo por la vida, no tendré paz. Porque posees, y hubiera hallado en ti, todo lo que un hombre como yo necesita y espera de una mujer. ¡Y tengo que renunciar!.
- ¿Renunciar a mí, por qué?.
- Porque existe algo tan sagrado para mí, que derrota mi natural y noble egoísmo por la perfecta felicidad que alcanzaría junto a ti: el deber fraternal. Mi hermano, que también te adora, y que sucumbiría ante el duro golpe de verte unido a mí. Él es débil; su salud precaria. Alfonso debe vivir.
- ¿Y tú?.
- Yo destruyo mi vida sentimental. Pero soy joven, soy fuerte; tengo mi energía, mi voluntad. Podré luchar y triunfar en otros aspectos de la vida, que hagan menos amarga mi cruz. Él no. Tú eres su única redención. Si ahora te perdiera, moriría. Su sensibilidad de enfermo no resistiría”.
Cabe preguntarse en qué fuente inspiradora habría bebido Paz de Castilla, para escribir algo así. ¿En las del Siglo de Oro?. Más parece que en el de plomo.

Otro ejemplo de mujer sufriente. Novela editada en 1951, con portada del gran Emilio Freixas.
Igualmente en “El último eslabón”, de Desabel, Ed. Bruguera 1958, el amor aparece envuelto en abnegación y sacrificio, y hasta se diría surgido por inspiración divina:
“Sintió que las sienes le zumbaban y durante unos momentos se quedó desconcertada al darse cuenta de la realidad. ¡Enamorada de César!. ¿Desde cuándo?. No tenía ni idea. No podía precisar ni concretar nada. Sólo sabía que aquel sentimiento se había adueñado por completo de ella. Quizás había brotado pujante, anegándola, cuando César le mostró su mano derecha, con los dedos curvados hacia abajo. O quizás lo supo siempre. ¿Pero Orduño?. ¿No era algo vacío, que ya no le hacía experimentar sensación alguna?. Jamás le había inspirado el guapo campeón de natación esto tan maravilloso que sentía ahora hacia César. Se sabía capaz de cualquier sacrificio por él. De cualquier renuncia. De consagrarle su vida entera. De ayudarlo a soportar el fracaso de su mano casi inútil”.
Está claro que por esos años amar equivalía a renunciar. Y no sólo en las tramas de novelas “rosas”. El canónigo Enciso lo había dejado muy claro en su manual para jóvenes titulado “La muchacha en el noviazgo”: “Ya lo sabes; cuando estés casada, jamás te enfrentarás con él, ni opondrás a su genio tu genio, y a su intransigencia la tuya. Cuando él se enfade, callarás; cuando grite, bajarás la cabeza sin replicar; cuando exija, cederás, a no ser que tu conciencia cristiana te lo impida. En este caso no cederás, pero tampoco te opondrás directamente: esquivarás el golpe, te harás a un lado y dejarás que pase el tiempo. Soportar, ésta es la fórmula… Amar es soportar”. Y por si una sola fuente no bastara para saciar la sed, ante la eventualidad de que las novias españolas necesitaran una segunda opinión, el padre Saturnino Junquera también entregó la suya a las rotativas, envuelta, eso sí, en un estilo más carpetobetónico: “Al poco tiempo de la boda surgen lo que son los defectos, acaso muy grandes, y, para colmo de desdichas, con gustos e inclinaciones muy diferentes. A pesar de todos estos defectos y todas estas repugnancias, tienen que vivir juntos hasta la muerte, y tienen que soportarse, y tienen que amarse, aunque no lo sientan”.
Si cuantos un día creyeron estar enamorados tenía que seguir soportándose y amándose, aunque no lo sintieran -lo que encerraba expresa renuncia a cualquier ribete de felicidad-, apartarse, esconderse al paso del amor, casi se antojaba tarea sencilla. Sobre todo si renunciando a él se evitaban sufrimientos a la familia. La rebeldía era pecado mortal, aparte de ofensa en la mujer surgida de la Cruzada, según recogía “Medina”, órgano falangista de la Sección Femenina, el 12 de julio de 1942: “Nuestras armas son comprensión y amor, el amor que no rehuya el propio sacrificio, pero que exige de los demás el cumplimiento de deberes. No el cariño romántico y mal entendido, sino el verdadero, el fuerte y recto, que no nace del orgullo ni de la posesión; el que renuncia sin titubeos a lo egoísta, porque no da más el que más tiene, sino el que inclina la propia voluntad si esto beneficia a otros”. Por eso, sin duda, la protagonista de María del Carmen Rey en “Almas opuestas”, Ed. Bruguera 1955, se expresaba así:
“- Tía Magda, amo a Pablo con toda mi alma. Le he querido toda mi vida, desde que era una chiquilla y él empezaba a ser un hombre. Pero óyeme, tía Magda, si este amor nuestro no es de tu agrado, dímelo con sinceridad, que yo aún retorciendo mi alma sabré renunciar a él. Has consagrado a tu hijo lo mejor de tu vida cuando aún podías aspirar a una nueva felicidad y justo es que él, que yo, sacrifiquemos este amor”.
Franco y su ejército, la Falange, los obispos… Juntos, brazo en alto, tejieron mordazas y aplicaron sordinas. La mujer sometida al varón, éste al régimen de forma ineludible y explícita, y todos, incluido el propio régimen, bajo el peso del nacionalcatolicismo.
A veces, amar también podía ser pura y simple obligación de mujer cristiana. No es que se quiera al esposo por haber sido el primero, conforme él llega a considerar pasando por alto que semejante logro pudiera ser sólo cuestión de oportunidad, en tanto aceptar al último implicaba elección. Nada de eso. La protagonista de Corín Tellado en “Milady y los hombres”, Ed. Bruguera, 1960, quiere y es feliz a su manera, por mandato canónico:
“- Ya te he dicho que detesto esas fiestas. No quiero ser el blanco de todas las miradas. El nuevo lord encumbrado por la simpática Liz. No, María Beatriz, no cuentes conmigo.
Liz, hundida en una butaca, se estremecía de indignación. César paseaba la alcoba de un lado a otro, como fiera enjaulada.
- No seas testarudo, César. Esto es para ti y para mí como un purgante, pero tenemos que tomarlo queramos o no.
- No soy hombre de sociedad, Liz -dijo más calmado, yendo a su lado y sentándose en un cojín a sus pies.
Liz tomó el rostro masculino entre sus manos y lo puso con dulzura en su regazo.
- Cariño… por mí.
- ¿Y qué haces tú por mí?.
- Dios mío, ¿y me preguntas tú, tú, qué hago yo por ti?.
- Sí, te lo pregunto.
- Te doy toda mi vida.
- ¡Toda tu vida!.
- Sí, pero tú no sabes apreciarla.
- ¿Cómo he de hacer, entonces?.
- No lo sé. Quisiera que fueses de otro modo, y otras veces no te querría si no fueras como eres. Pero es duro, duro, estar junto a un hombre, dárselo todo y no saber por qué lo dan ni por qué te lo toman.
- ¿Tú no lo sabes?.
- Yo no, César. Vivo a tu lado, soy feliz junto a ti…
- ¿Eres feliz?.
La joven cerró los ojos y juntó su cara con la de César.
Como quiera que seas, sí, soy feliz junto a ti.
- Porque soy el primer hombre.
- Porque eres mi marido y yo soy una mujer cristiana”.
No es de extrañar, vistos los antecedentes, que en la página 74 de “Champán para dos”, Ed. Bruguera, 1954, se describa al amor como un auténtico incordio:
“¿Acaso quiso ella enamorarse?. ¿Acaso pudo desear traer tal complicación a su vida, ya poco feliz?. ¿Por qué entonces tenía que suceder así, si no lo deseaba, si sentíase profundamente desgraciada con este sentimiento que sólo dolores le traía?”.
Claro que al fin y al cabo, como paso inexcusable hacia el sacrosanto matrimonio, el amor nunca dejaba de ser cosa seria. Todavía en 1972, en tiempos de tímido aperturismo sexual desde la gran pantalla, cuando no de babeo ante las “suecas” de Benidorm y Torremolinos -estaba en plena vigencia el posteriormente denominado “landismo”-, Corín Tellado se expresaba así en “¡Si yo coqueteara!”, Ed. Bruguera:
“- Además, que con el amor no se juega: es una cosa tan sagrada como la misma honra; me refiero, claro, al verdadero amor…”
Pero lo más habitual en materia amorosa era encontrar una constante exaltación de castidades. Castidad que Trini de Figueroa hacía presente incluso en el seno de un matrimonio pactado, al redactar “Como una esfinge”, Ed. Bruguera 1949. Sobre tan folletinesca situación, el tiempo ha caído a plomo:
“Le gustaba su mujer. Ante el altar, formulando el juramento que lo unía para siempre a ella, Lionel sintió la satisfacción íntima de saber que escogía un camino hacia el cual su corazón iba a ir plenamente satisfecho. Nunca pensó seriamente en llegar a contraen matrimonio algún día, y no le pesaba el modo repentino en que, de improviso, se encontraba de lleno en él. Gretta le parecía maravillosa, única y distinta al resto de las mujeres: estaba dispuesto a quererla y hacerse querer.
- Somos marido y mujer, Gretta -díjole mucho más tarde, cuando se separaron para descansar, después de un día extraño, lleno de cortesías y amables violencias-. De algún modo tendremos que organizar la vida para el futuro; sólo quiero pedirte ahora que pongas de tu parte cuanto te sea humanamente posible a fin de que el cariño pueda llegar un día a presidir este hogar.
- ¿Y habré de… tutearle?.
- Y también intentar quererme, Gretta, como yo haré con toda mi alma. Es nuestro deber, ¿comprendes?.
Tuvo que asentir mientras la absurda timidez enmudecía sus labios.
Y luego vio transcurrir con lentitud agobiadora, una tras otra, las horas de una noche interminable. Lionel habíale rozado con cariño la mejilla; si ella no se hubiera retirado ligera, la caricia habríase extendido hasta su boca. Era peligroso: el aviso de lo que un día llegaría inexorablemente, porque Lionel no cedería sus derechos de marido, pues ambos habían prometido ante Dios ser uno para el otro.
- Es un extraño; nunca podré quererle -se dijo, asustada-. Debí decirle, al aceptar la unión, que nunca tendría derecho a…”
Pese a tan poco prometedor planteamiento, como se trataba de una novela romántica, al final surgía el amor. Pero expresado, eso sí, en una clave poética capaz de pasar la censura:
“En el palacio, que sólo albergaba amor, brotó, flotando con intensidad, el aroma exquisito e imborrable del momento sublime: el sabor ardiente de un beso; la felicidad de dos vidas jóvenes nacidas para querer”.
Tanta solicitud femenina y modestia cristiana, merecía algún premio. Por eso, puesto que se trata de una pareja casada, la autora cerraba el conflicto con una porción de fuegos artificiales:
“La besó en la boca largamente. Liz, como siempre, cerró los ojos. Y aquella noche vivió las horas amorosas más maravillosas de su vida, sin que César dijera por qué lo significaba todo en su vida”.
Catálogo amoroso, según la novela popular
La simple invocación de algunos títulos -a menudo harto explícitos- basta para clasificar distintas variedades de amor “rosa”. Sirva de ejemplo la siguiente guía: El que mira al bolsillo: “Medio millón y un piso” (Rosa Mª Aranda, 1949); “A la caza del más rico” (Francisco Ortiz Valenzuela, 1949); “50.000 dólares y… una esposa” (Ágatha Mor, 1949); “La hija de mi jefe” (Corín Tellado, 1949); “Buscando a una millonaria” (Isabel Salueña, 1950); “Quiero un millonario” (Carlos de Santander, 1953); “Amor, Sociedad Anónima” (Desabel, 1953); “Medio millón” (María Teresa Sesé, 1955); “Doncella y millonaria” (Roberto de la Mata, 1957); “Esposa a sueldo” (María Denis, 1957); “Por un piso una boda” (Isabel Salueña, 1958); “Yo quiero una millonaria” (Mercedes Muntó, 1958) “Los millones del bisabuelo” (Mercedes Muntó, 1959); “Un marido rico” (G. Colomer, 1960); “Un novio millonario” (Carlos de Santander, 1960); “Ella, él, y cinco millones” (Miguel Arazuri, 1961); “Espero un marido rico” (Corín Tellado, 1967); “Deseo un millonario” (Corín Tellado, 1959); “Mi novio el marqués” (Rosa Alcázar, 1959); “Socios para toda la vida” (Ana Marcela García, 1960). El sumiso: “El sacrificio de Magda” (Mª Adela Durango, 1943); “Penitencia de amor” (Lupe Gómez Campos, 1943); “Mi vida le pertenece” (Cristina Luján, 1948); “Te entrego mi vida” (Matilde Redón Chirona, 1949); “Sublime esclavitud” (Trini de Figueroa, 1950); “Esclava de un amor” (Corín Tellado, 1951); “Esclava de amor” (Isabel Salueña, 1954); “Cúmplase tu voluntad” (Mª del Carmen Rey, 1954); “Adorable esclavitud” y “La cautiva” (ambas de Corín Tellado, 1960); “Nacida para ti” (Carlos de Santander, 1962). El abnegado: “Heroísmo de mujer” (Francisco Ortiz Valenzuela, 1952); “Abnegación” (Luis Masota, 1953); “Renunciar a ti” (Amparo Lara, 1954); “¡Amor heroico” (Anita Serrano, 1955); “Heroína de amor” (Mª de las Nieves Grajales, 1955): “Prisionera del deber” (E. Aguilar de Rücker, 1959); “Salvaré a mi marido” (Corín Tellado 1965). El rebelde: “No seré tu esclava” (Corín Tellado, 1965); “Me ofenden tus celos” (Corín Tellado, 1967). El posesivo: “¡Serás mía!” (Luis de Luzón, 1950); “Tu vida me pertenece” (Nylhama, 1952); “¡Nadie toque esta mujer!” (Trini de Figueroa, 1953); “Me perteneces” (Carlos de Santander, 1954); “Mía porque sí” (Jesús Navarro, 1955); “Te robé para mí” (Lucila Mataix, 1957); “Vivirás para mí” (Luis Masota, 1958); “¡Mi mujer!” (Mª Pilar de Molina, 1958); “Tú eres para mí” (Corín Tellado, 1960); “Tú serás mía” (G. Colomer, 1962); “Mía a la fuerza” (Carlos de Santander, 1964); “Esta mujer es mía” (Corín Tellado, 1967). El rencoroso: “Maldita mujer hermosa” (Ángel Santacruz, 1953); “Te daré mi odio” (Carlos de Santander, 1957); “Tuviste que ser mía” (Corín Tellado, 1959); “¡Destruiré tu vida!” (Carlos de Santander, 1959); “¡Te haré llorar!” (May Carré, 1965); “Te odio por ser de otro” (Corín Tellado, 1967). El indeciso: “¡Te odio, mi amor!” (Mª del Pilar Carré, 1955); “Te quiero, farsante” (Armando Sandoval, 1963). El convencional: “Por un beso, una boda” (A. Pina de Cuadro, 1948); “Compañera eterna” (Amelia Pina de Cuadro, 1949); “Para toda la vida” (María Teresa Sesé, 1956); “Tuya para siempre” (Luis O. Pantoja, 1957); “Mi marido me apasiona” (Blanca Ríos,1958). El prepotente: “Los hombres vuelven siempre” (Mª del Pilar Carré, 1954). El cínico: “Guerra al amor” (Corín Tellado, 1950); “Te traspaso a mi mujer” (Mercedes Muntó, 1951); “Amar es sólo un verbo” (Mercedes Escalante, 1956); “Los hombres las prefieren frívolas” (Carlos de Santander, 1962); “No te enamores, muchacha” (Corín Tellado, 1964); El orgulloso. “No quiero tu compasión” (Trini de Figueroa, 1956); “Mi corazón no está en venta” (María Lar, 1961); “No soy una cualquiera” (Mª Dolores Acevedo, 1965); . Amor como expiación: “Heroína de amor” (Mª Nieves Grajales, 1949); “Sublime sacrificio” (Francisco Ortiz Valenzuela, 1951); “Bendito sacrificio” (Carlos de Santander, 1952); “Redención” (Matilde Redón Chirona, 1953); “Temple de mujer” (Mari Paz Estévez de Castro, 1953); “Sacrificio” (Nylhama, 1956); “Esclava del deber” (Corín Tellado, 1956); “Tortura de amor” (Alicia Eva de Arufe, 1958); “Renunciación” (Jesús Navarro, 1958). Amor interclasista: “Una intrusa en el gran mundo” (Mª Pilar Carré, 1947); “El cíngaro y la duquesa” (Carmenchu G. González de Mendoza, 1953); “El señorito Carlos” (María Teresa Sesé, 1958); “Ana y el chófer” (Corín Tellado, 1961); “Milord y ella” (Corín Tellado, 1969). Amor a la desesperada: “¡Búscame una novia!” (Laura Romeral, 1944); “Se precisa una esposa” (May Carré, 1948); “Compraré un marido” (Corín Tellado, 1952); “Todas queremos casarnos” (Josefina Mª Rivas”, 1952); “Prisionero en sus redes” (Corín Tellado, 1953); “Prometido a sueldo” (Alicia Larrendi, 1954); “Queremos novio, San Antonio” (Miryam Ledor, 1958); “Marido a la fuerza” (María Morgan, 1959); “Pescando marido” (Carlos de Santander, 1963). Amor triangular: “Un marido para dos” (Amaya Elola, 1946); “Cuatro hermanas le quisieron” y “Noviazgo de tres” (ambas de M. J. Chiampos, 1949); “El novio de la novia de papá” (Mercedes Muntó, 1950); “La mujer de mi amigo” (Corín Tellado, 1954); “La novia de mi hermano” y “El marido de Laura” (ambas de Corín Tellado, 1957); “Él y el otro” (Corín Tellado, 1960); “Papá y su novia” (Corín Tellado, 1964); “Me lo presentó mi novio” (Corín Tellado, 1965); “A ti te quiero más” y “Te prefiero a ti” (ambas de Corín Tellado, 1966); Amor mendigo: “Limosna de amor” (Pilar Boney, 1946); “Déjame adorarte, emperatriz” (Trini de Figueroa, 1954); “Déjame quererte” (Corín Tellado, 1966). El viajero: “Violetas en París” (Leonor de Carrizales, 1946); “Un idilio en Japón” (Águeda de Vianney, 1949); “Escala en el Pacífico” (Desabel, 1950); “Vacaciones en México” (Mari Paz Estévez de Castro, 1955); “Escala en Barajas” (Amparo Lara, 1960); “El corazón hace turismo” (Vicky Doran, 1965). El cursi. “Ojitos de cielo” (Mauricio de Argensola, 1951); “Para que tú pises flores” (Valentina del Barco, 1961); “La vida es cuento” (Valentina del Barco, 1966); Y aún podría añadirse algún subgrupo más. Como el incongruente: “Esposa por testamento” (Primavera J. Flores, 1948); el atormentado: “Yo he sido tanguista” (Ivonne Bourget, 1950); “Mi pecado” (Vicenta Nalda Calabozo, 1953); “El precio del pecado” (Águeda de Vianney, 1955); “Pecado” (Amelia Pina de Cuadro, 1955). el despistado: “Te amo y no sé quién eres” (Lía Ramos, 1949); el trascendente: “Lo que en el cielo está escrito” (Carol Rodi, 1961); o el aventurero: “Una aventura en China” (L. Acero Nuevo, 1949); “Espionaje en una luna de miel” (Amaya Elola, 1955) e “Intriga en Roma” (Mari Carmen Martiló, 1962). Desde luego, había para escoger.

Amor y dinero, o si se prefiere los idilios por interés, constituyeron siempre ingredientes fundamentales del género. En 1955 Sergio Duval justificaba toda su trama con el título.
Y eso que en las novelas “rosas” también florecía el matrimonio por interés. Aunque pegado, como no podía ser menos, a la correspondiente moraleja. Corín Tellado fue capaz de sintetizarlo todo en dos párrafos al escribir “Boda clandestina”, Ed. Bruguera, enero de 1955:
“- Si tanto te asusta la miseria, no malgastes tu tiempo en conquistar a ese pelado ingeniero; no tiene un dólar y es preciso dejes de pensar en el presente, señalándote tú misma un porvenir más brillante. Pronto tendremos aquí a la colonia veraniega; en ella hallarás hombres ricos, con posición y de mundo. Así me casé yo con el padre de Ketty.
- Quiero a Joe, mamá.
La dama la miró duramente.
- ¡Un ingeniero industrial! -desdeñó-. Has de ser muy feliz sin un cuarto.
- Me importa muy poco el dinero, si me hace su esposa. Tiene un buen sueldo y creo es más que suficiente.
Irma dio media vuelta, saliendo de la estancia. En el fondo le satisfacía el modo de pensar de su hija. Ella se había casado por ambición, y había de reconocer, si es que deseaba ser sincera consigo misma, la escasa felicidad paladeada en su segundo matrimonio”.
La cita da también para otro tipo de reflexión. ¿Un ingeniero industrial poca cosa?. ¿En 1955?. Está claro que la autora asturiana provocaba deliberadamente, porque durante esos años un ingeniero era pieza codiciada en los Estados Unidos, Abisinia o el Congo Belga, por no hablar de España.

En 1955 la eficaz María Adela Durango quiso ponerlo difícil. Por supuesto, en la boda hubo novio.
A su compañera y competidora Ana Marcela García le llevaría casi toda la novela titulada “Champán para dos”, Ed. Bruguera, 1954, desarrollar una situación parecida:
“-¡Nunca daré mi consentimiento para esa boda, Paulina!. ¡Nunca!.
- Pero abuela…
- ¡He dicho que no y basta!. Te casarás con Bernardo. Es tu primo y te quiere. Y sobre todo, se cumple con ello mi mayor anhelo: la unión de mis dos nietos y el deseo de que la fortuna de los Urquiza no salga de la familia.
Las últimas palabras hicieron que la muchacha se rebelase abiertamente.
- ¡Eso es lo único que importa a Bernardo!. ¡Mi fortuna!.
- La mía, querida -cortó ácidamente la dama.
En cualquier otra ocasión, Paulina se hubiera limitado a callar. No pudo hacerlo ahora. Tal vez porque le iba mucho en la discusión. Tal vez por comprender que algún día habría de enfrentarse valientemente con su irascible abuela.
- Tengo entendido que mi padre me dejó un capital que no depende de ti.
Adelaida Urquiza volvióse a mirarla con el rostro enrojecido por la cólera.
- Eres impertinente y rebelde -silabeó-. Dos bellas cualidades heredadas de tu madre.
La carita de la joven se tensó violentamente.
- Prefiero que no hablemos de mi madre, abuela. Lamentaría tener que faltarte al respeto.
- ¡Insolente!. ¡Ni siquiera imagino cómo mi nieto puede quererte!.
- Yo sí -ironizó-. A tu querido nieto sólo le hace falta mi talonario de cheques para jurarme que está loco de amor.
Sonrió con cierto desprecio y aseguró luego:
- Pero no lo tendrá.
Adelaida Urquiza se irguió en su asiento con aire retador. Tenía un aspecto tan majestuoso y firme, que la muchacha sintió cierto temor. Mas no lo demostró al enfrentarla con valentía.
- Me parece, hijita, que olvidas que eres menor de edad y estás bajo mi tutela.
- Pero no puedes obligarme…
- ¡Calla!. Procura acostumbrarte a la idea de que Bernardo será tu marido y olvida haber conocido a ese… Pedro Velaró”.
Organizar un matrimonio por interés resultaba complejo. Y caro, según Valentina del Barco en “Provechosa lección”, Ed. Bruguera, 1958. Los desvelos de ciertas madres con niña casadera por atrapar a un buen partido, tal vez las hicieran merecedoras del cielo, aún habiendo convertido a su vástago en pura máquina calculadora con alma de hucha:
“-¡Bueno, esto se ha terminado!… -decía doña Rosa-. ¡Y ya ves el exitazo que has tenido!… Mucho Sonsoles por acá y por allá, mucho bailarte y divertirse a tu costa… y de lo otro, nada!.
- ¡Mamá, no me agobies!.
- La que me agobia a mí eres tú, hija. ¿Sabes lo que me has hecho gastar, para que alternes con esa ilustre pandilla?.
- No; ni me importa.
- Pues a mí sí. Me atrasas para todo el invierno… Y ninguno de ellos piensa en nada serio contigo… El tiempo pasa… y tú te acabarás pasando, también.
- ¿Me vas a llamar vieja, mamá?.
- No, aún no. Pero son veintidós años, sin nada a la vista. No lo olvido.
- ¡Ay, Dios mío!. ¡Parece que te hago peso en casa!.
- No es eso y tú lo sabes.
- Sí, ya lo sé. Quieres que acepte a Miguel.
- Ni más ni menos. Tu padre también lo ansía.
- Pues lo aceptaré. No hay nada más que hablar.
- Pero poniendo cuidado en que él no note tus escrúpulos.
- Lo pondré. Después de todo, tú llevas razón. Es con él con quien viviré y no con sus padres. ¡Qué me importan a mí esos pobres paletos!. Con no tratarlos, en paz.
- ¡Muy bien dicho!. Pero hasta después de casada, el disimulo se impone. Él, dice papá, los quiere mucho.
-¡Yo lo apartaré de ellos por más que los quiera!”.
Ocasionalmente, cuando se miraba la vida desde el lado masculino, surgían visiones del matrimonio menos interesadas, aunque utilitaristas hasta el extremo. Lo curioso es que a semejante conjunto G. Colomer lo llamase amor en su novela “Un cobarde”, Ed. Bruguera, 1955:
“En su vida azarosa había sido domador de caballos salvajes, granjero, caballista, buscador de oro y otros oficios más, según se los ofrecían y las necesidades fueran surgiendo. No había sido cuatrero porque poseía un fondo de honradez que nunca perdió, pero había peleado contra ellos, siendo temido por la fuerza de sus puños, su certera puntería y la rapidez en “sacar”. La juventud quedaba ya atrás, y aunque se sentía igual de fuerte y resistente, comprendía que había llegado a la madurez y si no quería sufrir una vejez solitaria, era hora de casarse y establecerse”.
Y es que la visión masculina del amor, entendida como posesión, envuelta en planteamientos quizás para las jóvenes de entonces ya periclitados, respondía a un modelo machista, puesto que el machismo amodorraba la vida conyugal, los hábitos y relaciones más elementales, siendo éstos puro reflejo de la sociedad misma. El diálogo original de Amparo Lara tomado de su novela “La enfermera”, Ed. Bruguera, 1961, evita muchas explicaciones:
“- No comprendo cómo la ha dejado venir.
- No tenía ningún derecho sobre mí.
- Ni derecho, ni temperamento. Se tratará de algún ser abúlico, apático…
- No lo crea. Es todo un carácter. Pero no podía imponerme su voluntad. No había nada entre los dos que me obligase a obedecer…
- Si estuviera enamorada, ¿olvidaría su vida independiente?.. Las mujeres que saben desenvolverse solas en la vida, son unas pésimas mujeres del hogar.
Ella hizo un mohín.
- ¿Lo sabe por experiencia?.
- No. Lo presumo. Intentaré, cuando me llegue el momento, no enamorarme de una muchacha de vida independiente. No nos va a los levantinos. Nuestra ascendencia morisca se rebela ante la idea de ser sometidos y no someter a la criatura que consideramos instituida por Dios para ser nuestra compañera, nuestra ayuda, y nunca nuestra caprichosa y arbitraria dueña. He dicho someter, pero en el dulce y prometedor sentido del amor. Supongo que a una mujer muy femenina le agradará ese sometimiento tan halagador.
- Tal vez… A ella le agradará y a él le convencerá una vez más de su incuestionable supremacía. Un sentimiento muy femenino en ella y muy varonil en él. No puedo darle mi opinión sobre el asunto porque carezco de experiencia.
- ¿Le gustaría poseerla?.
- ¿A costa de quién?. ¿De un levantino?. Usted me ha considerado una mujer independiente…”

Los maridos de papel impreso debían ser auténticos reyes. Sus esposas, demasiado a menudo, simples vasallos.
Sólo un par de precisiones. La chica no se hallaba en ningún lugar de mala nota, al que ese supuesto apático debió haberle prohibido ir, sino en la casa de campo de sus patrones, próxima a Madrid, donde atendía al accidentado heredero. Acababan de bailar un fox lento en la terraza, envuelta ya por las sombras, aprovechando que hasta ella llega el sonido del tocadiscos. Y lo que resulta más fantástico: transcurridas 40 páginas, esa muchacha capaz de desenvolverse sola concluye casándose con el levantino de sangre morisca, suponemos que para ser adecuadamente sometida.
Y no debió hacerlo mal el muchacho, puesto que en vísperas de la boda, un simple abrazo femenino es descrito como inusitado atrevimiento:
“Ella, con inusitado atrevimiento, enlazó sus brazos en el cuello de él…”
Corín Tellado, en cambio, durante su colaboración con Rollán, mediados los 60, fue capaz de traspasar normas tan trasnochadas. Hasta entonces muchos autores habían puesto sobre el papel qué y cómo sentían los hombres, privando a la mujer honesta de cualquier impulso carnal. Ella dio el paso sin estridencias, pero evitando dejar espacio para la duda. De ahí el aserto tantas veces repetido sobre el nuevo pulso que sus novelas aportaron al género. En “No seré tu esclava”, Nº. 14 de la serie dedicada a su pluma en exclusiva, abordó una relación de pareja en la que el varón había conseguido acostarse con la muchacha:
“- Es temprano -le dijo bajísimo-. Ven, vamos a charlar allí un poco los dos.
Allí era el interior de la casita. Catherine se dejó llevar, porque ya no podía negarse.
- Mañana daremos un largo paseo, Cathy. No vendremos aquí. Te esperaré en Kalamazoo e iremos a un cine o una boite.
- Me asusta esta soledad -susurró la joven, estremeciéndose.
Alex ya lo sabía. Pero no era la soledad lo que le asustaba. Era su compañía. Sonrió al tiempo de pasarle un brazo por los hombros. Se perdieron juntos en la casita”.
Por si cuanto ocurrió después, no narrado, obviamente, hubiese quedado envuelto en sombras, más adelante las disiparía.
“Hizo caso omiso de su súplica. Empezó a besarla otra vez.
Catherine quedó tensa. Dijo algo que inmovilizó a Alex:
- Sólo muerta, Alex. Sólo muerta me tendrás otra vez, como en aquella ocasión”.
Pero excepciones aparte, el amor debía ser sobre todo puro, muy puro, conforme quizás tratemos en otra oportunidad. De momento valgan estas líneas como homenaje a nuestras madres, tías y abuelas, pasivas destinatarias de una ideología sofocante y rancia. Por más que pueda sorprendernos, salieron del trance sin aparentes daños psicológicos. Y esto, a tenor de lo narrado, tenía su mérito.
José Ignacio Corcuera